jueves, 8 de marzo de 2018

jueves, 21 de diciembre de 2017

8.Girasol




Entonces hoy es el día. Desperté con una sensación clarísima, de algo que tenía que tener muy presente. Una de esas sensaciones clarísimas con un mensaje tan obvio que era casi trivial, sin dejar de ser imprescindible: uno de esos mensajes que creemos productos de la razón consciente, que pensamos sólidamente enraizados en la memoria. Que no reconocemos como sabiduría proveniente del mundo de los sueños. En otras palabras: que lo olvidé. Comencé el día más importante de mi vida con un olvido.
Luego recuerdo que no tengo que entenderlo todo, para que funcione.
Voy en busca de una chispa de fuego que pueda llevarme a casa.
Voy con el corazón en suspenso. ¿Qué espero?
¿Salto hacia adentro o hacia afuera?
Te prevengo: esta no será una narración épica.

Caminé las calles de la ciudad, para despedirme.
Caminé todo el día. Vi hombres delgados con termos de café recolado caminando las aceras, vendiendo el calor de algo fuerte que ayude a pasar la mañana.Vi largas colas de gente deseando entrar a una zapatería en la que la Superintendencia Amorosa para la defensa de los derechos socioeconómicos había obligado a bajar los precios. Afuera esperaban órdenes los centauros motorizados ordenados en fila. Pregunto: ¿Qué pasó? Me contestan: Unos coñemadres que querían robar y los tienen amarrados en los baños. Una niña con un casco rosado grita: Mentira, mentira. Vi madres sosteniendo sus niños contra el pecho, mandando a los que ya podían caminar a pedir que les regalaran algo; pero ni los huesitos estaban dando. Los precios suben cada día y las polleras se vacían. En una calle solitaria, un muchacho saca un cuchillo para asaltar a una muchacha, ésta se asusta tanto que tropieza y mete el pie en la esquina de una alcantarilla rota. Viendo que no hay nadie alrededor, el asaltante se acerca, tiende el brazo musculoso, le da la mano a la muchacha para ayudarla a salir, le dice suavecito "Ay catira, tú lo que necesitas es un novio como yo para que te cuide."

¿Adónde voy a saltar, ah? Dime.
Clímax. Anticlímax. Después de la expectativa, la espera. No todos quedarán contentos.
Me pregunto si he cumplido, si se ha cumplido lo que había de cumplirse en esta aventura de ventiún días dentro del recorrido de ciento cuatro días, si toca mirar más atrás, cinco años atrás, si habría que escuchar más fuerte a las estrellas. ¿Me sigues? Siempre quedarán zonas de intriga y misterio en el recorrido, por fortuna: algo que no termina de saberse con claridad, porque sólo puede entenderse aplicando otros sentidos.
Gracias por el empujón, cada vez vamos un peldaño más allá, es decir: más cerca, es decir: más acá. Hemos caminado juntas, hemos compartido llaves, alucinaciones, la intimidad de los corazones. Hemos podido abrazarnos. Juntas alimentamos el motor, reunimos la energía para el salto; fueron muchos días, algunos nos distrajimos. Pusimos la olla al fuego, dejamos que subiera la presión, y ahora estamos en suspenso, a la espera, a ver si se hace o se deja de hacer, a ver si se captaron las señales. Clímax y anticlímax. Durante todos los meses en que las sombras se han ido alargando, se ha estado preparando la bendición para esta noche. Desde puntos distintos del globo y del tiempo, vamos hacia la noche con una sensación erizada en el cuerpo, atentas a lo que nos llama y succiona. Habrá un trozo de cada una en el salto; y el salto al fin del mundo pasa por Mongolia, lo sabes tan bien como yo, es un salto que sólo puede darse de una manera.

Si encontraran este cuaderno en un callejón, diría: la luz fue un fuego dorado sobre cada cosa erguida, significado y significante, contra el cielo. Ardía suave, dulcemente, todo lo que la última sonrisa del sol tocó. De la luna sólo estaba iluminada una franja delgada como una uña cortada. Una muchacha que camina como un chico --camiseta negra, jeans desteñidos, botas, el cabello recogido en un moño estrecho, pegado a la cabeza-- entra en casa con dos bombonas de raid matabichos y dos rollos apretados de papel de regalo. Un enano, con botas ortopédicas que atenúan la inexactitud de la simetría, descarga gaveras de fresas enormes y muy rojas. En el taller mecánico, adornado con una cabeza de ternero disecada y jaulas donde menguan dos loros tristes, han montado una mesa larga y están todos sentados, rodeados de autos cubiertos de polvo, con la parrillera abierta humeando, oliendo a chuleta y chorizo. Un niño con una melena espesa y camiseta del hombre araña se acerca a preguntarme qué miro; bebe de un vaso de plástico con tapa, me dice que están de fiesta. En la tipografía hay cajas de cartón por cada año de ejercicio fiscal, la memoria de ocho años acumulando polvo; la última caja reúne dos años: el negocio se ha encogido. Mientras uno limpia con un trapo la maquinaria que marca su ritmo de locomotora ronroneando, el otro ordena los tipos móviles de plomo, usando una lupa grande para distinguir qué dicen. Todo huele a tinta fresca. En el poco espacio que queda, dos bicicletas aguardan. La esfera del reloj pronuncia la hora exacta. Del expendio de la licorería salen vasos de plástico llenos de cerveza dorada y espumosa. Un hombre alto y flaco se aleja, incapaz de pagar el precio de una botella de licor. Entre las botellas exhibidas hay una pequeña planta de sábila en una maceta cubierta por un tejido en crochet. Afuera algunos hombres beben acodados a algún carro. Un vaso vacío rueda por la acera. Las paredes están cubiertas de grafitis que protestan. En la agencia de viajes la bandera nacional cuelga, fláccida. A medida que la Tierra gira, se encienden las luces de colores en las ventanas, a pesar de todo. El borde de la luna brilla intensamente, como una hendidura en la cortina del cielo. La carta que encontré en la calle dice: un viaje, avance hacia lo desconocido. Alteración. Vuelo. Ausencia.

En pocos minutos me dirigiré al Laboratorio Central de Altos Estudios Sincrónicos.
Me prepararán para el salto, me dejaré invadir por el ejercito de bionanobots que tomarán posesión de mis glándulas endocrinas, regulando la producción de hormonas del tiempo. Si hemos logrado recolectar la suficiente energía para el salto, llegaré al fin del mundo.

Se cierra el círculo. El sol está en su extremo y gira. Pienso en las caras de la flor, tendidas hacia el calor y la luz.
Estoy exactamente donde tengo que estar, haciendo exactamente lo que tengo que hacer.
Un viaje se mueve en varias direcciones a la vez y si cuesta mucho señalar dónde empieza, más complicado todavía es marcar dónde termina. ¿Ha empezado el viaje ya, o todavía no ha terminado? Mañana fui a recoger esa flor de oro que me llevó derechito al bosque subterráneo, ¿te acuerdas?, donde pastaban los caballos recién domesticados entre los caballos salvajes. El cielo sobre nuestras cabezas era de un azul imposible de describir. Era imperativo salir del jardín. Nunca pensé que llegaría este día.

Lo que tienen de grandioso los finales, son las puertas que abren.






Me asomo a la ventana. No ha nevado.



FINIS

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miércoles, 20 de diciembre de 2017

7.Embeleso



El pasaje amaneció en un millón quinientos mil, así sin anestesia; lo anunciaba un papel manuscrito en el parabrisas, abreviado: Pasaje, uno y medio, el medio expresado en fracción. En la parada estaban las dos chicas chico, con su mirada de seductora ferocidad. La rubia platinada tenía un peinado de heroína de Star Wars, con tres moñitos en cresta. Llevaba una franela de rayitas horizontales finas, blancas y negras. Negra la falda muy corta sobre el trasero perfecto y negros los leggins. Cuánto habrán costado esos glúteos impecables. Quién habrá pagado por ellos. Tienen un rostro hermoso, ambas, con una brutalidad angulosa y turbadora. Trabajan juntas. La otra, la manca, lleva leggins claros y una camiseta azul rey sin mangas para que quede bien a la vista el muñón cortísimo en vez del brazo. Entre las dos producen, como de costumbre, un casquete imantado. Densidad de atracción. Decidí caminar más bien.

Esta vez, pasé frente a la librería a buen paso y llegué al Laboratorio sin problemas. La doctora Luce me estaba esperando para hacerme unos exámenes preliminares. Me saludó cálidamente, con un abrazo, pero sin hablar una palabra. Tenía puesta una bata con un campo de girasoles. No, era uno de los jarrones de girasoles de Van Gogh. Con un gesto de la mano me pidió el celular. Luego me guió hacia la camilla y me indicó que me quitara zapatos y medias. Le seguí con una docilidad que me tenía sorprendida, me senté en la camilla, le entregué el teléfono. Ella lo abrió, sacó la batería y metió las piezas separadas en un cajón acolchado con esponjas de acero y un biopolímero magnetizado para confundirle el GPS. Al quitarme las botas de combate y las medias (rápidamente, para que no se viera demasiado el agujero rascado por la uña del pie) me mordió la piel un fresco acondicionado helado. Me despejó por completo y me hizo pensar, extrañamente, en la mujer Pazyryk, rodeada del cielo más azul posible. Fue un relámpago, y mi atención regresó a las paredes blancas del Laboratorio. La doctora Luce estaba mezclando extractos y tinturas en un mortero pequeño de porcelana. Parecía que estuviera canturreando. Recordé las explicaciones de Babuchenka, en la casita en medio del páramo, acerca de los contratos de alianza entre los espíritus vitales que animan todo aquello que vive. Parecía algo muy esotérico para un laboratorio científico. De todas maneras, no se lograba entender muy bien a qué ciencias se dedicaba ese laboratorio: en la pared más larga había grandes pizarrones blancos con fórmulas físicas, cartografías terrestres y celestes marcadas con infinidad de pines de colores. Los pizarrones deslizantes escondían una biblioteca con libros de texto y libros raros por un lado, archivadores con documentos y memorias variadas, y frascos de vidrio rellenos de cosas muy raras. También había una reserva de mermeladas. Hay un mesón equipado con mecheros de bunsen y una batería de simuladores de hyperrealidad, impresoras 3D y varias torres de servidores en serie . Del otro lado hay redomas llenas de cultivos de agar agar y un pequeño huerto monísimo de suculentas. Hay una colección de huevos y larvas de invertebrados marinos. En la esquina un rincón con una nevera y un fregadero. Sobre uno de los mecheros de bunsen vintage hay una sartén en la que alguien debe haber calentado una pizza.
La doctora se me acercó. Los girasoles me tenían hipnotizada. Las semillas en el centro formaban espirales siguiendo progresiones de Fibonacci. Después me hizo beber un compuesto del que no logré reconocer ni un solo elemento, que ya estaba causando su efecto hacia atrás; me indicó que me recostara en la camilla y me colocó un respirador de goma traslúcida que me cubría nariz y boca. Pronto se llenó de vapores que evolucionaban en espirales lentas, siguiendo las leyes de la mecánica de fluidos. Empecé a recitar, como un mantra, uno de los poemas que recordaba del libro que desde aquella primera vez se había convertido en un fetiche tan imprescindible como el Atlas104, diccionario de imágenes para circunnavegar el fin del mundo.

El estanque no lo oculta:
Todo se ordenará.

Hay sobrecarga
Indica la pesa portadora del reino.

Como si las flores 
Siempre estuvieran

En la plenitud de su tiempo. 

Lo confluente
También puede ser para ti.

Hacía frío. La mujer bailaba y sus tatuajes azul de metileno se le desprendían de la piel y dibujaban constelaciones a su alrededor, bailando. Esto está muy surrealista, pensé; debe ser cosa de lo que me dio la doctora. Me relajé y me quedé observando el baile de los tatuajes. Bueno, lo que sucedió exactamente con los tatuajes que evolucionaban por el aire terminó de despejar todas las dudas que pudiesen haberme quedado: todo estaba clarísimo, era como una clase desarrollándose en imágenes elocuentes delante de mis ojos. Se relacionaban una con otra, deslizándose en el aire hasta ocupar la posición exacta para completar cada idea, una tras otra. Como al unir una estrella con la próxima pespunteando líneas blancas, podías ver la constelación, y entonces comprender qué figura invocaba. Como cuando fuimos al Planetario, ¿te acuerdas?, y el monstruoso insecto de ciencia ficción Zeiss proyectaba sobre el interior de la cúpula todo el cielo ecuatorial y sus modificaciones a lo largo de los milenios, relatando la historia de las estrellas desde el inicio del Tiempo.

Oigo una voz que me llama desde un lugar muy lejano. No entiendo de dónde viene ni de quién es la voz, parece viajar en el viento por las estepas. Está metida en el viento. Insiste en llamarme. Mi nombre suena distorsionado entre las moléculas de viento: Bbbl-a-a-a-a-nc-ahHH. Abro los ojos, giro la cabeza alta en el cielo enrarecido, total azul. Por fin entiendo que es la voz de la doctora. Estoy tumbada en la camilla, con los ojos cerrados, Todo el cuerpo me pesa. Veo mi cuerpo desde afuera. Vuelvo a entrar. Puedo estar en ambos lugares a la vez, afuera y adentro; allí y aquí.
Blanca. ¿Puedes oírme?
La doctora Luce me toma la mano. Tiemblo imperceptiblemente.
Me dice: Intenta pensar en una emoción amorosa. Usa tus recuerdos como anclas.
Necesitamos activar la glándula cerebral asociada a la percepción del tiempo, los ritmos y los ciclos. Estamos probando usar como timón las ondas electromagnéticas cerebrales que se activan con las emociones amorosas. Me da una palmadita en la mano y vuelve a sentarse frente a la pantalla. Su rostro brilla, iluminado por el cristal líquido. Me imagino que mira cómo se encienden distintas zonas de mi cerebro, señalando el recorrido de los impulsos electromagnéticos, las sinapsis que interconectan instantáneamente una red de células, los intercambios bioquímicos a nivel de membrana celular. Con una mano gira la clavija que regula los colores y después la mano regresa al teclado, junto a la otra. La doctora está absorta en las luces de colores que danzan sobre su rostro. Parecen auroras boreales, pienso.
He vuelto a estar sola sobre la camilla que es como un altar en el claro del bosque. Se parece mucho al bosque pixelado de UNDERLIFE, pero tiene aquí y allá matorrales de frailejón. Una emoción amorosa, pienso. Una emoción amorosa. Busco con una mirada penetrante sobre el paisaje yermo. La tundra es seca y fría. Musgos, líquenes y hierbas ralas. El viento me silba en la punta de las plumas que hienden el cielo. Avistar a la presa y caer en picado es un solo verbo, una sola acción. Caigo sobre la presa: su corazón queda expuesto, latiendo, ensangrentado. Tengo un sobresalto. Me duele muchísimo. Suelto un gemido. Me parece que sangro por los labios. En la boca siento el sabor metálico de la hemoglobina, fijo.
Creo que me voy a morir. La garra rapaz hunde lo más afilado de las puntas donde más duele.
Siento el calor de su abrazo antes de ver la escena desde afuera.
La niña está todavía arrugada, su piel recién empieza a adaptarse a la falta de humedad del aire. Hay un olor tibio a leche materna. Un olor dulzón que hace de basso continuo.
Reconozco a mi madre por el olor.
Debe ser el mismo día en que nací: mañana estará muerta, helada.
El perfume es la máquina del tiempo. Para saltar al fin del mundo, lo que quiero realmente es volver al momento en que me está cargando en brazos, el único día en que respiramos el mismo aire. Al día siguiente tendrá un ataque al corazón y no hubo medicamentos para salvarla. Mi padre se hundió en la desesperación. Tampoco habría fórmula láctea para alimentarme, atravesábamos la etapa más ruda de una crisis alimentaria que Obierno Amoroso negaba por completo. Sobreviví por la generosidad de una asociación clandestina que reunía a madres lactantes: donaban su leche para los huérfanos y otros bebés que no tenían cómo alimentarse. No es posible que recuerde su olor, y sin embargo en el pequeño perfumero de plata que me quedó en herencia, cuando estoy muy apesumbrada huelo los vestigios de su perfume y esa es mi máquina del tiempo preferida. La Abuela me lo entregó cuando cumplí doce años. Me extrañó que fuera de plata, mamá no era precisamente próspera y no tenía ningún apego por objetos materiales, seguramente lo hubiera vendido para conseguirnos algo de comida. La plata valía bastante entonces. Había pescadores de plata y oro en el río contaminado. Entonces, ¿de dónde podía venir ese objeto? Tenía una piedra verde en semiesfera. Cabochon, me explicó la abuela. Pasa que se lo regaló una amiga muy querida, una compañera de su taller de poesía. En medio de la peor época de su vida, embarazada y viendo un futuro muy oscuro para su bebé, el taller de poesía era su único sustento, el clavo del cual se sostenía.
Cierro los ojos, me dejo envolver por la calidez que huele y late acompasadamente.

La memoria del agua se repite en la madre: es un pequeño abismo maravilloso. Máquina del tiempo. Las heridas son huellas heredadas para que ellas sanen. Mensajes codificados, recorrido líquido de un recipiente a otro. De la abuela a la nieta. La madre adivina los pensamientos de la hija: sabe lo que quiere antes que ella lo haga. La niña consigue una llave y entra en sí.

Veo delante de mí la extensión de mí misma, como el eco de los rizos en las ondas que se forman alrededor de la piedra que cae al lago. Escucho una reformulación del koan que pide identificar quién lanza la piedra.
Regresé para entender que el salto debe partir del espacio más abierto sobre la Tierra. Mañana encendí un fuego. Mañana con la intención más pura logré ese salto. Mañana lo hicimos. Mañana salté.
Usaremos para propulsar el salto la energía colectiva. ¿Piensas que hemos recolectado suficiente?
Ahora es cuando más necesito tu ayuda. He hecho todo lo que tenía que hacer, tracé un curso, me sometí a todos los entrenamientos. Ofrecí mi cuerpo en la hoguera. Pero ahora te necesito: no puedo hacer el salto sola.


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martes, 19 de diciembre de 2017

6.Rey Verde



Qué pasa cuando sólo faltan dos días. Qué pasará cuando falte un día.
Cómo se prepara una maleta para un salto de esta naturaleza. Y cuánta energía puede acumularse para el salto, en los últimos días. Pero hay que saber cómo almacenarla, cómo lidiar con la presión. Cuando faltan dos días para el salto, tengo un meltdown. Cómo fue que me metí en esto, me repito, para qué. Empieza a rodar la maquinaria de la justificación, como n pequeño bote que atraviesa el lago encrespado de la memoria. Este es el día en que me bato en duelo con los recuerdos y pierdo.

Yo estaba junto a la estantería de poesía. (En la Librería también se venden libros usados; hay pequeños tesoros que vienen con una dedicatoria, por ejemplo Zapatos de Fierro con una dedicatoria de Isaac Chocrón). Tenía en las manos un libro de Eugéne Guillevic, traducido por Ana María Del Re. Tenía la página abierta en el poema:

Las ranas/No son indispensables.

Los senderos no están/Fatalmente trazados.

Me había quedado pensando en eso de que las ranas no son indispensables. ¿Para qué serían indispensables las ranas? Los senderos que no están fatalmente trazados me recordaban el jardín de los senderos que se bifurcan; y pensaba en el bosque, que es como un laberinto que es al mismo tiempo quien lo recorre, superando encrucijadas, sacrificios, en busca del remedio a la herida.  Afuera había bullicio. Mejor dicho había un peo parado, pero yo estaba enfrascada en ese mundo que que el poeta es capaz de levantar a nuestro alrededor. Abrí otra página al azar y leía:

En el reino
No hay nada

Que no busque
Encontrarse.

, cuando un movimiento en la Librería me hizo girarme. Él estaba en la sección infantil, detrás de la escalera de caracol. Estaba enfrascada en ese mundo que que el poeta es capaz de construir a nuestro alrededor. Y sin embargo, voltié a verlo. Había algo incongruente entre la indumentaria punk tropical, los tatuajes, la máscara que le tapaba la boca y el libro que tenía entre las manos. Era Alicia en el país de las maravillas, una edición especial de la Royal Library of London para el 150 aniversario de la primera edición, con los grabados de John Tenniel. Pero eso lo supe después. De momento me había quedado congelada, con el poemario de Guillevic abierto mientras toda mi atención estaba en otro libro, entre otras manos. Él tenía esa aura de distancia que tienen los héroes que le han pasado la mano por el lomo a su destino. Al pasar una página, algo se deslizó y terminó un poco alejado de sus pies. Él no pareció darse cuenta. Miré en todas direcciones. Más allá, en el café, un maestro aconsejaba a una discípula; el drama de los maestros es que son lo que son sus discípulos (Yoda a Luke Skywalker, episodio 8). Los libreros habían desaparecido, sólo quedaba una ordenando los libros en la estantería de biografías, los arrimaba hasta que no quedaban espacios entre ellos. Hice dos pasos de forma casi automática y recogí del suelo un papel doblado en dos. Tuve un instante de duda, un solo instante, y lo coloqué como marcalibros en la página que estaba leyendo:

No se entra
En el reino

Es él
Quien viene.

Cuando levanté la mirada que estaba en lenta ebullición, él ya no estaba. Miré hacia afuera y vi la manifestación, los carteles de protesta escritos a mano con marcadores de colores sobre pequeñas pancartas de cartón; vi las bombas cayendo, el vehículo de los estudiantes de medicina que se acercaban de voluntarios. sus cascos estaban marcados con una cruz verde. Los guardias habían desplegado sus fuerzas antimotines, los murciélagos habían desplegado sus alas entre una fila de rinocerontes, atrás estaban dos ballenas. La gente corría por las calles y las aceras, atravesando velos de humo. Debajo del puente una pancarta decía, en letras grandes: "ALTO AL FUEGO". Los guardias disparaban los cartuchos de gases lacrimógenos en línea vertical contra los manifestantes. Los Escuderos retaban a las bestias y les lanzaban botellas de cerveza o frascos de mermelada rellenos de gasolina traída por los motorizados más elegantes, sembrando pequeños charcos de fuego aquí y allá. Una gran confusión de detonaciones y gritos. Oleadas de gente que avanza contra el batallón de guardias desplegados detrás de sus escudos de plexiglás, se repliega asustada, vuelve a insistir. Vuelvo mi vista a las páginas de mi libro:

Ir
Hasta el  estanque

Tratar, esta vez,
De no
Hacerle preguntas

Pero el mal está hecho, el aguijón me ha cefireado y tengo el ánimo turbado. Cierro el libro.
Entonces no lo sé, pero volveré a verlo una sola vez. Me regaló la búsqueda, la posibilidad del salto.
El papel doblado resultó ser una carta, impresa con tinta color azul oscuro, que olía a esas tintas vegetales que usa el periódico japonés impreso sobre un papel reciclado impregnado de semillas, que cuando lo siembras retoñan noticias nuevas. Lo que quiero decir es que la tinta olía a importado. La carta estaba encabezada y fechada en una ciudad con un nombre muy extraño, que me cuesta recordar (algo así como Ulayanbalayur, Ikh Khüree, Örgöö). Comenzaba dirigiéndose a "Mi querida", y me hablaba del entrenamiento, de la posibilidad de reencontrarnos; era una carta muy personal, cargada de nostalgia, esperanza e instrucciones precisas. Me hablaba, sí, como si hubiese sido escrita exclusivamente para mí. En ese momento no reparé en que era un poco absurdo pensarlo. Era demasiado agradable creerse la ilusión de creerse la elegida, creerse única, especial. Y todo lo que siguió derivó de esa primera carta, y de ese único cruce fallido. La verdad es que esa fue la única vez en que sentí que sin importar nada de lo que nadie dijera, y menos que nadie mi razón extraviada, le pertenecía. Nunca me había sucedido antes y la sensación me atravesó como una marejada. Ese día cambié de nombre.

Justo después, recordé Vértigo, de Hitchcock: la escena en el museo, cuando el protagonista está espiando a Judy Barton, elegantísima en su traje gris y su cabello rubio platinado recogido en un elegante moño, la mirada perdida en el gran cuadro de Carlota Valdéz, que nos mira intensamente mientras los espectadores los miramos. Mucho más tarde sabremos que en ese juego de miradas hay otra adicional, que espía a todos sin ser vista. Esa fue la mirada que sentí sobre mí: la de alguien dispuesto a atravesar todos los bosques que hicieran falta, manteniendo la promesa de no comer ni beber hasta encontrarme; alguien capaz de colaborar a hilar la flor de plata y la pajarera en oro. Alguien que no estaba delante de mí dejándose mirar con un libro en las manos, sino que observaba la escena desde atrás, fuera de mi campo de visión, sin ser visto.
Pero qué iba a saber yo. Me dejé raptar por los ojos entre los libros, por supuesto. Mi agua reconoció su agua, se agitó en oleaje exaltado, buscando evaporarse y condensarse en nube para lloverme dulce sobre mojado. Era apuesto, intrigante, distantísimo: perfecto para entregarme el sacramento de la floración.
Sentí el pistilo erguirse en busca del polen.

La próxima y última vez que lo vi, también tenía entre las manos a Alicia en el país de las maravillas, aunque se trataba de otra edición, más moderna, ilustrado con reinterpretaciones geométricas de Alicia, su gata, el conejo, la Reina de Corazones. La alegría inaudita de volver a encontrarlo me duró poco: a su lado había una mujer bellísima, que sonreía. Su sonrisa me atravesó como la cimitarra penetra en la carne blanca y perlada de la berenjena. Sin pensar nada retrocedí dos pasos, me di la vuelta y salí corriendo de allí.
Me llevó muchos meses dilucidar quién podía ser ella, y entender por qué me había sonreído.

Cuando salte al fin del mundo, no se me vaya a olvidar que es por amor.
Ya comienzo a extrañar este mundo.



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lunes, 18 de diciembre de 2017

5.Témpano


Sólo faltan tres días para el momento del salto, me imagino que lo tienes claro. Después de eso, será difícil que nos comuniquemos, pero seguro encontraré la manera de enviarte algún mensaje. Por favor, concéntrate. Necesito una gran cantidad de energía para el salto. En realidad no es la cantidad lo que es importante, sino la calidad enfocada de esa energía. Por favor, reúne a un grupo de mujeres, deben activar su glándula endocrina mayor según instrucciones que te envío en doc anexo. Cuento contigo para que el salto no yerre las coordenadas.
Hoy salí a la calle porque media ciudad estuvo sin luz, sin explicaciones, y así la máquina de hilar no camina. Más tiempo perdido. En los pocos días que faltan, esto empieza a preocuparme. Luego recuerdo que todo está pasando ahora y me calmo un poco, no demasiado. Las calles, huérfanas de semáforos, están atestadas y más caóticas que de costumbre. En medio de la avenida un hombre suda, a pleno mediodía, la mitad del cuerpo metida dentro de una alcantarilla. Tal vez esté relacionado con el apagón. Tiene las manos llenas de un aceite negro y espeso, y la mirada desesperanzada. A su alrededor los automóviles pasan a toda velocidad, intentando burlar al otro, adelántandose al paso que habría de haberle correspondido. Las grandes camionetas cromadas, pesadas de blindaje y ciegas de todas sus ventanas oscurecidas, son las más agresivas. Es un milagro que no se lleven por delante al segundo hombre se se encuentra un poco más allá, con los mismos ojos desconsolados y el esforzado desespero de quien ha de trabajar en el subsuelo, con las mismas manos chorreando aceite negro y espeso sostiene una guaya formidable. Las camionetas los superan indiferentes, vomitan su rabia a bocinazos cuando un camión de tablitas, al volante un hombre humilde de rala barba canosa, se accidenta atravesado en medio de la vía. Los autobuses parecieran que se fueran a voltear, de tan llenos que están, se ve que no debe haber metro por la falta de luz. Las colas para tomar el transporte público son infinitas.
Llego caminando a la Librería. Todos están reunidos en torno a un psicoanalista famoso, quien está explicando cómo Ariadna es una virgen ascendida en forma de Corona Borealis. ¿O era Australis? Habla con mucha erudición de las advocaciones de lo femenino.
Hace tiempo que paso de largo frente a la sección de poesía. Tomo del estante de tecnología un libro sobre historia de la nanotecnología, desde el discurso de Richard Feynman, pasando por grafeno y nanotubos de carbono, hasta los ingenieros subversivos locos de Plastiland y los fabricantes de pastillas de nanobots para aglutinar las partículas de microplástico alrededor de metales pesados imantados. Son conocidos los peligros de la nanotecnología en manos inescrupulosas: mutar enfermedades, crear bioarmas o clones genéticos. La famosa frase de Feynman, que se supone sirvió de bandera a los investigadores de lo infinitamente pequeño: "Hay mucho espacio al fondo" me hace pensar en las busetas, donde los choferes intentan comprimir a la mayor cantidad posible de pasajeros. Pero en realidad lo que me fascina es la parte en que Richard Feynman decide que quiere visitar Tuva por las estampillas que coleccionaba de niño, y su capital porque una ciudad sin una vocal es justificación suficiente para atravesar la mitad del globo terráqueo. El asunto es que Tuva está cerquísima de las Montañas Resplandecientes de Altai; y que esta anécdota no tiene nada que ver con nanotecnología, lo sé, pero ya sabes que cuando se tiene una idea fija como una obsesión, todo lo que vemos, escuchamos o leemos parece reconducirnos a ella.
Hay otra persona en la librería, que no está en el corro alrededor del psicoanalista: es una mujer joven que está de pie al lado de la estantería dedicada a los viajes. Me llama la atención por algo que no logro identificar de inmediato, un aire familiar. Tiene en las manos un libro titulado Sueños árticos. En la portada hay un inmenso témpano azul. Es muy raro el color de los témpanos, fue una enorme sorpresa enterarme de que eran azules.
Me recuerda que esta mañana, justo antes que se fuera la luz obligándome a salir a la calle, logré ver un video que llegó por wasap, anunciando las ecobolsas hechas con almidón de yuca: empezaba con la foto de una bolsa flotando en el mar, de la cual sólo podía verse una punta, mientras la parte mayor estaba oculta bajo el agua. Una imagen poderosa puede ser más elocuente que las palabras, solamente si conocemos bien las implicaciones de lo que estamos viendo. Mientras miro distraídamente, sin pensar en nada en concreto, mi cerebro empieza a hacer algunas conexiones: el témpano está hecho de memoria muy antigua; el agua tiene memoria; el témpano es memoria congelada hablando de lo que se ve (poco) y lo que no se ve (mucho). Nanotecnología. Una pequeñez puede ser inmensa. Memoria congelada en el agua. Saltar en el tiempo. En realidad, sólo veo la punta de lo que viene. Debe haber todo un iceberg debajo, me imagino como el Titanic dirigiéndome hacía una destrucción segura. Sigo atenta a la alerta porque me absorbe energía. A veces siento que es pesado ver el iceberg, o solo saber que está ahí, y tener que decirlo. También puedes optar por saberlo y no decirlo. Pienso en el témpano como una representación de lo que conocemos como "verdad": memoria congelada, con varias facetas, de la que sólo puedes ver una punta, sin conocer la totalidad. Y contra ella puede hundirse un trasatlántico. Luego pensé en las Brujas Saltadoras. Que ellas pudieran ser ese iceberg. Quise poder decir "nosotras". Que nosotras fuéramos el iceberg. Quise poder decir que en este momento no sabemos lo grandes y poderosas que somos. Esa versión me gustó mas. Que seamos el témpano, custodiando la memoria anciana, soltándola poco a poco en las aguas más templadas a medida que nos desplazamos. Que otros hagan de Titanic.
Alerta y grandeza: allí encontré el fuego escondido en el pedernal. La chispa. La memoria como una herramienta para hacer fuego.
Quizás sea simplemente algo que hace la luz sobre sus cabellos. O algún elemento de su ropa, una inusual paleta de colores, puede ser. O un perfume que no logro percibir de forma consciente. Tal vez no sea nada de eso. Pero lo cierto es que algo en la lectora de los sueños árticos me recuerda a la mujer que dejaba cartas dentro de los libros de Alicia en el país de las maravillas, como mensajes anónimos para lectoras al azar.

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domingo, 17 de diciembre de 2017

4.Alimañas


Hoy hizo un día precioso y con todo y el poco tiempo que queda, salí a caminar.
Igual es domingo, y es poco probable que haya alguien en el Laboratorio de nanoingeniería. Necesitaba despejarme un poco de tanta fórmula y tanta presión. Quién sabe si lograré el salto, de momento sólo deseo disfrutar esta luz que acaricia las cosas como si las amara. A veces las cosas son tan bellas, que duelen. Sobre una colina de bolsas negras y basura desperdigada, baila lentamente una mujer de la calle, una increíble Reina Indigente. Tiene los ojos cerrados, extraviada en su danza, un traje de varias capas y un turbante extraordinario de tela de colores. Toda ella está cubierta por una pátina que le confiere unidad a la gracia del cuerpo y la dignidad en el porte. La luz que cae sobre ella de sesgo produce una ilusión óptica, es una aparición monstruosa que anuncia prodigios.
Por plaza Altamira, la cascada subterránea sigue seca y los grafitis se sobreimponen en un palimpsesto colorido, vi el obelisco tocando con su punta la montaña y me pareció una señal. Caminé hacia arriba, saludé al hombre que había extendido sus libros alrededor de un árbol. Había uno nuevo sobre Paracelso, y una guía turística de un castillo al borde de unas aguas oscuras. Estaba atenta a las señales, pero no tenía efectivo. Siendo domingo, había un montón de caminantes. Los hay musculosos, que van sin camiseta para mostrar los pectorales lampiños y tatuados. Las hay enfundadas en preciosas lycras de colores, explotadas las carnes turgentes, hasta perfumadas van. También hay gente que sube con los mismos zapatos con que hace vida de ciudad, o sin zapatos. Me causa un efecto extraño ver a tanta gente junta. ¿Siempre fue así? Ríos de gente que no se conoce, que no tiene nada que ver, caminando lado a lado, sudorosos, decididos, exhibidos, orgullosos de su humanidad.
Los guardias de Obierno Amoroso están apostados en la entrada misma de la montaña, con sus condecoraciones en forma de corazones y la palabra PAZ escrita con leds titilantes en las gorras, semejantes sin querer a los arbolitos de navidad que están prohibidos por motivos patrióticos. Echados sobre el banco bajo techo, espatarrados de forma indolente, están regañando de mala manera a unos caminantes que intentaban seguir uno de los varios caminos que cruzan la montaña. "Por ahí no pueden pasar, porque son órdenes, ¿no lo entienden? ¿Ustedes son sordos o brutos? Respeten pues." Las máscaras de plexiglás negro que ocultan el rostro distorsionan la voz. Adentro del camino vetado alguien sostiene una gallina de plumas blancas mientras pronuncia un conjuro, y con un golpe de cuchillo la degüella. La sangre apaga la vela encendida: mala señal. La horrasaca abundante es usada para tapar el cadáver, pero las plumas aflorarán algunos días más tarde. Al final, todo se sabe.

Sigo de largo intentando hacerme invisible y pasar desapercibida, mirando hacia el suelo terroso; más allá está el quiosco de la cocada, pero no llevo efectivo y el pago con tarjeta es un pequeño drama, según veo: hay una cola de gente esperando para pagar y la chica que cobra está parada más abajo, con el punto de venta sostenido en alto como una bandera, a ver si recibe la señal. Me siento como una turista, todo me parece fascinante. Me siento en el banco alargado al lado de una minúscula capilla con una virgencita dentro. Podría ser una diosa, Artemisa o María Lionza. Será que nos parece hembra la montaña, me pregunto. Una mujer detiene su camino al pasar frente a la imagen; junta las manos y las extiende frente a ella, hacia la virgen. Ora en silencio, apartada del mundo, reconcentrada; muy seria. Su devoción construye a su alrededor un túnel brillante, un momento de intimidad privado, incorruptible (como por cierto, es lo virginal). Pasa descendiendo la cuesta un pequeño escuadrón de guardias Amorosos. Van en silencio, compactos, peligrosos. Las lucecitas de la palabra PAZ forman un enjambre incongruente de luciérnagas amenazantes. Los caminantes se apartan de su paso: la corriente se abre y el grupito se desliza entre las aguas.
Prosigo más arriba, distraída por la multiplicidad de formas de las hojas. Recojo del suelo una de jabillo, de color amarillo. Voy pensando en el tronco del jabillo, con todas sus espinas, en el fruto amargo y las semillas como monedas encerradas en sus cunas de madera, que estallan al secarse disparando lejísimo los pequeños discos. Estrategias de dispersión de las plantas: por aire, con estructuras que hacen de paracaídas o hélice; por agua las que flotan; por tracción animal, enganchadas a sus pieles (o ropa); y luego están las que se recubren de carnes azucaradas y jugosas, para ser tragadas y cagadas en otros paisajes. El jabillo pertenece al grupo de las estrategias explosivas.
Pienso en cómo la semilla es una pequeña viajera con una carga preciosa: memoria. La memoria es, finalmente, el archivo de todo lo creado, de todo lo vivido. Archivos magnéticos, archivos digitales, archivos escritos, archivos biológicos. Recordar nos confiere identidad, nos convierte en quienes somos. Si no podemos recordar, vamos deslizándonos a un limbo en el cual podemos todavía funcionar fisiológicamente, pero sin saber quiénes somos. Somos lo que recordamos. Y yo, ¿qué recuerdo? He vivido tantas cosas en los últimos meses, que si no las escribo se me irán desdibujando. Podría yo también ser una semilla en tránsito, llevando información y memoria de un lugar a otro, de un tiempo a otro. Sería como la semilla del jabillo, disparada lejísimo con un ingenio de tecnología natural.
Ya tengo los extremos: el punto de partida y el de llegada.
El punto de partida tiene que ser las montañas de Altai, en Mongolia, para llegar al fin del mundo. He pensado mucho en mis razones para lanzarme en un viaje tan arriesgado.
Mi cerebro está conformado para el salto, los nanobots son el gatillo, me falta la energía para activar el viaje. Mi razón para saltar es el amor, pero tengo la sensación de que el desplazamiento de información tendrá otras consecuencias en la red de ondas gravitacionales (cuento con ello para alterar el fin del mundo), como las ondas concéntricas que surgen de una piedra arrojada a un lago de aguas tranquilas. Yo soy la piedra que cae al lago.

Otro contingente de cinco guardias silenciosos desciende entre los excursionistas. ¿Siempre hay tantos por aquí? ¿Es normal que circulen con tanta densidad en un parque natural de esparcimiento? La guerrilla urbana, que yo sepa, se mantiene en la ciudad, enconchada en casas abandonadas o acogidos por mujeres mayores a las que llaman "Abuela". Hacen allanamientos regulares, ya estamos acostumbrados. Todos estamos controlados, pero siempre hay avisos que se liquean, los guerrilleros se escapan a tiempo descolgándose por las terrazas, saltando por los tejados, son unas estrellas de Parkour. Vivimos en esa normalidad anómala. Sin embargo, que estén tan presentes en la montaña me sorprende. La montaña, por supuesto, es lugar de encantamiento, tiene una energía poderosa, y Obierno Amoroso es glotón de toda fuente de energía mágica. Se habla de un helicóptero que sobrevuela la ciudad en cruz, esparciendo la sangre de pequeños seres degollados; se habla de animales africanos importados en aviones hércules para hacer sacrificios más potentes, se habla de la inhumación del Héroe Mayor para usar sus huesos en ceremonias de paleros. Todo eso está confirmado por esas informaciones que se gotean a partir de los testigos más humildes, los que son invisibles: el soldado raso, la camarera, la señora que restriega los pisos de mármol italiano. He escuchado decir que hay un aeropuerto secreto en la montaña, que ha habido avistamiento de luces voladoras, de objetos no identificados. Todo debe ser creído. Me pregunto si la fuerza de esta montaña puede jugar algún rol en los experimentos de viajes temporales que lleva a cabo en secreto Obierno Amoroso, mientras es ilegal y penado por la ley siquiera hablar del tema. Sonrío, divertida: si esto fuera una novela de ciencia ficción, como quería mi editor, el inefable @DragonAngelical, sin duda habría que considerar esa posibilidad. Si acaso, podría llegar a ser una novela de mucha ficción y poca ciencia. (Pensándolo bien, no es para nada divertido, es más bien preocupante).

Un grupo de personas acompañadas por algunas monjas de hábito gris y cofia blanquísima sube muy lentamente, de par en par, uno vendado guiado por otro sin venda que le hace de lazarillo. Los vendados caminan tropezando, los brazos extendidos delante intentando adelantarse al obstáculo, riendo por nervios y pudor. El ejercicio exige confianza por parte de quien va vendado, y una atención redoblada por parte de quien hace de guía. Una pareja de jovencitos aprovecha la excusa para acercarse más, en sus risas se revela cándida su excitación. El último par está compuesto de madre e hija, se entiende por el cuidado que pone la madre en señalarle, con una palabra dulce o un gesto, dónde están los obstáculos, la raíz protuberante, el escalón, la piedra. La fila de locos trastabillantes se va por el ramal que sigue hacia la cascada, mientras las caminantes musculosas prefieren el ramal  que sigue hacia la cuesta más empinada y polvorienta. Justo en la encrucijada: no por el camino que va hacia la quebrada donde los jóvenes enamorados se adhieren uno al otro empalagándose y extirpándose los granos; ni por el camino que emprende, a buen trote, la deportista rubia en ajustada indumentaria acorde, después de haber accionado su contador de pulso de pulsera; sino en el medio entre los dos, en el centro invisible, hay un puente bajo el cual corre un hilo de agua, saliendo de un caño metálico.

Debajo de esa agua ínfima está acurrucada una niña pequeña, con un traje de colores y volantes. Tiene el cabello rizado y unos grandes ojos oscuros bordeados de pestañas  impresionantes. Juega con un vaso de plástico a recoger el agua del caño para mojarse las piernitas regordetas, los brazos, la cabeza. Abre la boca en una sonrisa sorprendida por la sorpresa fría del agua, cada vez, con esa maravilla de gritos mudos de los que son capaces los niños pequeños cuando se asombran por las cosas más pequeñas, modestas y delicadas que ofrece el mundo. Varios arcoiris brillan en las gotas de agua que salpican a su alrededor. Sus padres están sentados sobre una roca, a la sombra de una ceiba tan grande que al comienzo no alcanzo a distinguir su copa. El árbol está sostenido por paredes leñosas que se extienden a partir del tronco para darle estabilidad, porque sus raíces no son muy profundas. En la escena brilla ingrávida una enorme mariposa azul, flotando con trayectoria leve describe un amplio anillo que nos circunda. Es encantador. Me detengo, saludo con un breve Hola. Reconozco a la familia que había querido usar el camino hacia un pozo cercano, que fue amonestada por los guardias Amorosos. La niña se enseria al verme, deteniendo el gesto, el vaso lleno. Luego retoma su juego, y el bosque suelta la respiración. Mientras la miro jugar con el agua considero los elementos que hay confluido para traerme hasta aquí, y las opciones que tengo. El laboratorio de nanoingeniería probablemente esté controlado, pienso de pronto. Quizás no sea lo más saludable acercarse por allá.
La niña sigue jugando con el vaso de plástico y un pitillo de color verde claro. Deben haber tomado cocada y guardaron el vaso, pienso. Esto por alguna razón me reconforta. Pasa otro grupo de militares; su paso produce una disonancia con el ambiente natural, una perturbación en los propósitos de sus visitantes. Y de pronto me da por pensar en los guardias amorosos que llevamos por dentro, con sus interminables tonterías a destiempo y sus anuncios bipolares: es mucho más fácil identificarlos afuera, con sus máscaras negras de demonios y sus voces de ultratumba; pero cuando están por dentro de mimetizan con nuestras mejores intenciones. Para perdonarme, entablo una tímida conversación con los padres de la niña. Ella es una activista de derechos humanos y hace joyas en las que mezcla animalitos mutantes; él es un experto en cartografía y un maestro titiritero. Estamos un rato juntos, y pudiera parecer que el mundo está en calma.
Luego me despido y sigo mi camino hacia abajo. Ok, puede ser que el laboratorio de nanoingeniería de la USB no sea el lugar más seguro para ir a informarme sobre tecnología asociada al salto, pero necesito conseguir una manera de ponerme en los biobots necesarios para poner en marcha la transfiguración temporal. A menos que...

...CONTINÚA-->
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sábado, 16 de diciembre de 2017

3.Júpiter y Calixto

Ya sé que llevo un día de atraso. Pero hoy será el día en que me leí completo el informe del profesor Dunne, aunque no lo entendiera totalmente en sus detalles técnicos, captando lo suficiente para saber de qué manera voy a saltar. Es un amor narciso, vemos en el otro lo que amamos de nosotros mismos.

Porque en ese documento están todas las especificaciones técnicas, con planos y detalles de los bionanobots que regulan las hormonas de la percepción del tiempo. Todo puede producirse de forma bastante sencilla en un laboratorio de bioquímica. Explicación del erizo sónico: https://es.wikipedia.org/wiki/Sonic_hedgehog
Y no finjas demencia, que me tienes que ayudar a llegar al extremo de partida.
Hablamos de seducción, de dos novias en la vuelta, casi tres.
Esto hay que retomarlo con calma.

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viernes, 15 de diciembre de 2017

2.Clepsidra

Amanece uno de esos días brillantes, de los que parecen anunciar buenas nuevas. Es esa época del año en que la entrada oblicua del sol graba delicados aguafuertes de sombras vegetales sobre las cortinas. Enciendo la máquina de hilar todavía encaramada sobre la balsa incierta, antes de posar pie sobre el suelo. Pongo un marcalibro en la invención de Morel y me conecto para volver al acertijo; pruebo todo lo que se me ocurre: tiempo, saltoeneltiempo, ts3, tiemposincrónico, sincronicidad, relojdearena. Ninguna de estas palabras es la llave que se acopla a la cerradura. Me descubro acariciando, sin darme cuenta, la llave que cuelga, dije reciente, sobre el cristal de nieve. Pruebo: nieve, cristaldenieve, Blancanieves, aguanieves, permafrost. Nada.
Paso por el baño, en la cocina me hago una infusión con las hojas que me regaló Babuchenka, vuelvo a la cama (el surf de cama mañanero es mi especialidad) y para despejarme me dedico a investigar la pista que me dio el loro de LaNovia: "Conduzco Bastante Bien". Comienzo con la hebra Wolfgang Pauli y su principio de exclusión.
Lo del principio de exclusión viene a decir que es imposible que dos cosas ocupen el mismo estado, vale a decir que no pueden tener idénticos números cuánticos ni estados de energía, sólo que en vez de decir "cosas", dice electrones y fermiones (otras partículas de espín medio-entero). Tecleo: fermiones, por agotar cualquier posibilidad, por remota que parezca. Resulta que el físico tuvo cierta cercanía con un psicólogo suizo llamado Jung, ¿te suena?, y juntos publicaron un libro titulado Interpretación de la naturaleza y la psique en el cual la parte del físico es: «La influencia de las ideas arquetípicas en las teorías científicas de Kepler» mientras la parte del psicólogo es Sincronicidad como principio de conexiones acausales.
Escribo: PrincipioDeExclusión. Escribo: Sincronicidad. Escribo: ConexionesAcausales. Nada.
Inserto en la máquina de hilar otra hebra: "Un experimento con el tiempo", presentado por un tesista de Ingeniería Aeronáutica llamado Dunne, como resultado de una pasantía en el Laboratorio Central de Estudios Sincrónicos, a propósito de la precognición y la percepción humana del tiempo. Su autor sostiene que todo el tiempo está eternamente presente. Todo está sucediendo simultáneamente: el tiempo sería como un libro, cuya totalidad está presente en cualquier momento, aunque sólo podemos leer una página a la vez. Las otras páginas, mientras existen simultáneamente con la que estamos leyendo, permanecen fuera de nuestra conciencia" (la bibliotecaria que convive conmigo da brincos de alegría con esta analogía). Evidentemente cualquier lectora indisciplinada puede leer de forma salteada cualquier página que le provoque al momento, dejando la reconstrucción de la linealidad para las mojigatas convencionales.
Lo que no podemos es leer todas las páginas del libro a la vez, ni tampoco varias páginas al mismo tiempo. ¿O sí? He escuchado decir que la conciencia humana sólo puede percibir un solo momento del tiempo cada vez.
Además de no ser secuencial sino simultáneo, el tiempo no sería progresivo, sino estático. El tiempo está detenido, pienso, y todo el agite que me parecía sentir zumbando a mi alrededor como un enjambre frena y se detiene. Me quedo muy quieta para atrapar esta idea: el tiempo está detenido, somos nosotras las que nos movemos. Nosotras. Nos movemos. Por el tiempo.
Miro si Keybell está despierta y activa por el chat y le pregunto sobre la bioquímica hipofisiaria.
Me explica que los cerebros son modificados estructuralmente por la acción de un surge de testosterona en un momento específico de la gestación in útero. Como esto sucede en los varones, y la diferencia entre géneros a nivel genético consiste en una patica cromosomal menos (Y en vez de X), se sigue que en las hembras esa patica de diferencia debe codificar un inhibidor de producción de testosterona. Pero eso deja una cantidad bastante apreciable de material cromosómico que puede estar dedicado a la producción de enzimas y toda suerte de cosas relacionadas con la percepción del tiempo, que sólo estará presente en las mujeres. En particular ritmos circadianos que regulen los ciclos regulares de estrógeno y progesterona.
¿Te estoy aburriendo con todo este asunto técnico?
¿Te parece que el salto podría resolverse con una nave, anillo o túnel del tiempo, con un acelerador de hadrones? La percepción mecanicista del tiempo ha imperado desde la Ilustración, era de Descartes
Escribo: estrógeno; escribo: progesterona. Nada.
El salto no se resuelve con una gran máquina que sirva de vehículo en el cual te introduces como tripulante. O por lo menos, nosotras no tenemos acceso a máquinas tan complejas. Obierno Amoroso sí, según se dice, pero se supone que son experimentos secretos. Las Brujas Saltadoras tuvieron que superar la imposibilidad y la prohibición de alguna otra manera. Hay quien habla de pactos con entidades extraterrestres que manejan la percepción del tiempo a voluntad. Hay quien habla de sustancias alteradoras de la percepción temporal, que puedes chutarte en el torrente sanguíneo, por el globo ocular, en el conducto auditivo o a través del bulbo olfativo. Otro sector apuesta por nanobots bioquímicos como una solución más sencilla y limpia.
Estoy amodorrándome y empiezo a imaginar que sueño que soy un pez que imagina ser una tortuga que imagina ser un lagarto que imagina ser un águila que imagina ser una zarigüeya o rabipelado que imagina ser un canguro que imagina ser finalmente un hombre; pero ya a nivel de canguro me doy cuenta de que estoy soñando con Australia, pero no comprendo el sueño porque no he escuchado la risa de los niños y sólo quiero soñar con Mongolia. Me despierto con un ligero sobresalto y escribo: hipófisis; escribo: tiempodelsueño; escribo: Australia. Nada.
Ah, pero no me desanimo, porque tengo claro que hilar las varias hebras sirve para dar más fuego a mi propio interés por el tema, y esto carbura la vinculación afectiva, produciendo delante de mí precisamente el material que necesito encontrar. Es de una transparencia pasmosa. No se me aparece en la ventana un escarabajo dorado pero los descubrimientos fluyen siguiendo su concatenación más lógica.
La piedra engastada en la corona de Soleimán ben Daood el Magnífico (o en su anillo, según otros autores), con la cual podía entre otras cosas comunicarse con las aves, era un pequeño cubo blanco como la leche, con inscrito el Tetragrammaton, y confería el poder de viajar de lugar a lugar así como hacia atrás en el tiempo, y además tenía la propiedad de poder replicarse infinitamente, produciendo ilimitadas piedras originales. Sería, de acuerdo a lo que explica Ibrahim, la Primera Materia producida de la Nada por el Creador, de la cual todas las cosas habían surgido. Es por ello, explica, que podrá concederte aquello que desees con todo tu corazón, siempre que el anhelo sea claro y sincero. Esta piedra sería la encargada de alcanzar, para el universo entero, el final del deseo. Pero después de que el mundo se hizo malvado, se hizo un lugar para allí reposar, y esta es la historia de la Piedra de Soleimán, pero su significado se mantiene en la mente de quien la escucha. El tiempo está en la Piedra, más que estar la Piedra en el tiempo. Como nosotras. (Nota mental: leer el thriller metafísico Muchas dimensiones, de Charles Williams.)
Sigo acariciando el cristal de nieve, cristal de plata, dije de nieve, estrella de seis puntas. Pienso: Si fuera una estrella de ocho puntas, eso me llevaría a Ishtar, es decir a la estrella de la mañana: Venus. ¿Y entonces, qué? Venus es la estrella más brillante del firmamento. Su desplazamiento visual por la cúpula celeste se toma ocho años. ¿Será?
Escribo: Ishtar. Escribo: Venus. Nada.
De todas maneras, me sigue interesando este cuerpo brillante en el cielo como guía para las aves migratorias, especialmente sobre las tierras siberianas. Sobre todo para un pueblo nómada como los Pazyryk, que seguían el curso de las ocas para ubicar sus kurganes o túmulos funerarios, para que estuviesen dispuestos adecuadamente para el tránsito a las otras tierras en las cuales proseguía la vida después de su ocaso.
Imagino los grupos familiares reunidos en el lugar indicado, acompañando a la mujer poderosa que se moría, preparando la ceremonia para interceder por su paso a las tierras del inframundo.
...el Gran Espíritu Creador de la Vida supo que, al fin, el Secreto del Soñar estaba a salvo y, cansado del Sueño de la Creación, se retiró bajo la Tierra para descansar. Así que, desde entonces, cuando los espíritus de todas las criaturas se cansan de Soñar, se unen al Gran Espíritu Creador de la Vida bajo la Tierra. Esta es la razón por la que la Tierra es sagrada y el hombre debe ser su protector. 
Esperando la temperatura ideal para poder excavar una tierra que la mitad del año está congelada.
Quizás ella bailaría su última danza; proyectaría en el tiempo su mensaje en misivas a su Vassilissa, para que pudieran reunirse, para darle las instrucciones precisas y enseñarle cómo saltar en el tiempo.
De pronto la imagen hace un fade to white, todas las líneas y formas desaparecen en un gran fogonazo blanco que me parece incluso escuchar. BAAAM. ¿Cómo no se me ocurrió antes?
Tipeo: PAZYRYK.
Bip!
Pego un grito involuntario: ¡AAAh!
El Residente Deslustrado me manda un mensaje por wassap: ¿Todo bien?
La señora Irina me toca la puerta: Querida, ¿estás bien?
Todo bien, grito a través de la puerta sin atreverme a girar la cabeza.
En la pantalla empieza a cargarse un documento encriptado.
No me lo puedo creer. Estuvo allí todo el tiempo, desde el principio.
La clave estaba delante de mis narices, escrita claramente en el papel desde el principio.
Le doy cuerda al grillo azul que salta dibujando una pirueta sobre sí mismo repitiendo con su pequeña voz mecánica: "Tenías que atravesar el bosque". Cuando cae sobre sus dos patas al final de su vuelta de carnero, pierde el equilibrio sobre una arruga en la sábana.
En la pantalla de la máquina de hilar se despliega un documento en pdf, del Doctor Santiago Dunne.
No, tiene que ser un chiste. No puede ser verdad.

En mi reloj de arena, los granos se han detenido en el aire. Para cuando levanto los ojos de la máquina de hilar, ya la nieve se ha derretido y el sol brilla sobre las hojas del árbol del vecino.
Sigo refugiada en mi cama como si fuera una balsa de la Medusa, arrastrada por las corrientes sobre un mar tempestuoso. Alargo el brazo, rebusco debajo del colchón y saco el sobre que me entregó Babuchenka. Lo miro a contraluz, una y otra vez, mientras con la otra mano me acaricio lentamente la llave.

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Para ampliar sobre el principio de exclusión de Pauli: http://hyperphysics.phy-astr.gsu.edu/hbasees/pauli.html

Para revisar la narración del Tiempo del sueño: https://cuentosdelmundo.wordpress.com/2014/10/28/el-sueno-mitologia-aborigen-australiana/

jueves, 14 de diciembre de 2017

1.Manos retoñadas

El día amaneció lluvioso.
Había comenzado a llover justo antes de la nieve, que se derritió más rápido que de costumbre, dejando riachuelos helados por toda la ciudad. Llovió toda la mañana, el techo siguió descascarándose en hojuelas de pintura al plomo, depositada como escarchas de caspa por todos los sillones y las alfombras. Se extendieron las goteras y las poncheras colocadas en sus puestos no se daban abasto, chasqueaban los goterones justo al lado manchando las antiguas mesas de madera, los cuadros heredados y las columnas de libros ordenadas por color. Sobre el aguafuerte con la goleta a toda vela en medio de la tempestad caía una gota repetida que se introdujo entre los resquicios del marco y agregó realismo a las marejadas, con nuevas humedades que pronto serían rosas de oscuros hongos musgosos, dispersando sus hifas y esporas en anillos concéntricos.
Con sinceridad pensaba que nunca más entraría en los territorios pantanosos de UNDERLIFE, pero llovía sin parar, no había manera de acercarse al Labo y mi celular estaba en una de sus fases de pantalla en suspenso, así que tecleé mi palabra clave, atravesé el bosque familiar, tropezando un poco porque después de tantos días estaba fuera de entrenamiento, varios grillos se me pegaron de las piernas entorpeciéndome el andar. Sólo querían jugar, lo sé, pero estaba apurada y finalmente no son más que códigos binarios en un software, así que disparé y los achicharré de forma despiadada. Debería haber puesto más atención al costo de cada uno de mis gestos, lo sé, pero estaba fascinada mirando el bosque, lo veía todo con nuevos ojos sin duda pero también tenía la impresión de registrar minúsculos cambios. Aquellos arbustos eternamente florecidos, por ejemplo, habían perdido sus flores. Y además el cielo estaba tan azul, increíblemente azul, qué tono de pantone podría ser, me pregunté de pasada. Los árboles estaban en la estación que sigue al otoño y empieza en el invierno, las hojas ya caídas y desparramadas al rededor del tronco, repitiendo una especie de copa seca sobre la superficie de la tierra, como si estuviesen acostaditas, bellas durmientes, como si estuviesen tocando la puerta en sueños al mundo subterráneo. Pensé que las raíces también se extienden en copa, repitiendo la que se desmelena en el cielo, y que esas mismas hojas resecas y crujientes podrían adornar la copa invertida. Pero no estoy segura de si el programador del juego se ha tomado el trabajo de diseñar también lo invisible, habría que probar excavando un poco, pero sinceramente no tengo tiempo ahora.
Subo al árbol del club de reuniones para pasar por sus ramas a las copas contiguas hasta llegar a la entrada secreta, pero al estar los árboles desnudos mi trayecto queda a la vista y sé que hay ojos espiándome. Me deslizo por el interior del tronco de la ceiba como si fuera un tobogán-túnel y aterrizo justo en medio de la casa de LaNoviaManca. La cual me recibe sin sorpresa. Ya sabía que vendrías, estabas tardando, me dice (por supuesto). Me lo anunciaros las chispas en el fuego. ¡Oh! Esto no me lo esperaba: me está repitiendo una frase típica de la montaña. ¿Cómo puede haber sabido dónde estuve todos estos días? A menos que... Miro a mi alrededor y veo que la casa ha cambiado muchísimo. Está bien que estuve muchos días lejos, pero el cambio es impresionante. ¿En qué momento logró introducir tantos cambios? No me deja tiempo de detallarlo en sus pormenores porque me empuja con un dedo, canturreando Vamos, vamos, no hay tiempo que perder, y me hace pensar en el conejo de Alicia. Caigo sentada en una silla que milagrosamente parecía estar esperándome y arrastra una mesita octogonal hasta que queda delante de mí. Es una mesa de madera negra, tallada con motivos ornamentales de ramas entrelazadas y hojas de parra. La superficie tiene ocho lados y descansa sobre un paralelepípedo que repite esa forma, también tallado en madera. LaNovia extiende una tela de seda sobre la mesa y barajea las cartas. Juro que no vi cómo llegó hasta allí la silla en la que se sentó, parecía estar muy cómodamente sentada.
Dime, ¿encontraste lo que andabas buscando?, me pregunta mientras me coloca al frente dos cartas en cruz con dos cartas más a los lados de la cruz y señala: Dónde estamos, de dónde venimos y adónde vamos; pero todo está pasando ahora.
No puedo revelar lo que me dijeron las cartas, pero lo que sí puedo decir es que al final le pregunté si le decía algo la frase "Conduzco bastante bien". Se rió mucho, mirándome con aire cómplice, como si estuviera bromeando con ella y pudiera compartir la broma. Ja ja ja, se burlaba, parece que has estado bebiendo de más, ¿no y que estabas curada? Yo no entendía nada: ¿qué es lo que era tan cómico? Cómico no: divertido, que es lo contrario de aburrido, retrucó ella. No tengo idea de cómo lo hace. Cómo puede un avatar intuir lo que piensa otro, se escapa de mi entendimiento. LaNovia se rió hasta que se le saltaron unas lágrimas, reía tan a gusto que me contagió y mientras empezaba a carcajearme sin querer noté cómo se me iba aflojando la tensión en el cuerpo. Entonces le pareció que era el momento apropiado para llamar a Sir Walter Raleigh.
Vamos a preguntarle, me dijo, a ver qué piensa él. Llegó volando un loro imponente, de plumas grises. Era una belleza de animal. "Conduzco bastante bien. Conduzco bastante bien. Conduzco bastante bien. Conduzco bastante bien.", repetía ella con diversas entonaciones, a cuál más cómica, mirando al pájaro fijamente, como si lo estuviese encantando. El loro la miraba atento, con sus ojos atentos. Parecían ojos de anciano. Se bamboleaba de un lado a otro frenéticamente, desplazando el peso en un vaivén loco. De pronto se detuvo, abrió el pico y pronunció: "Guido abbastanza bene! Je conduis assez bien! I drive faily well! Ich fahre ziemlicht gut! Ich fahre ziemlicht gut! Ich fahre ziemlicht gut! Ich fahre ziemlicht gut! Ich fahre ziemlicht gut!"
Miro extrañada a LaNovia: Parece que se ha quedado pegado.
Yo que tú, haría caso de eso, por algo será que se repite, ¿no crees?
Y acaricia la cabeza del loro que se esponja y entorna los ojos, visiblemente complacido, mientras repite sin parar Ich fahre ziemlicht gut. LaNovia me despide con la mano, murmurando muy risueña que no hay tiempo para ser breves, y todavía riendo para sus bigotes se queda haciéndole carantoñas al loro. Me escabullo por la puerta, no hay manera de ascender por el tronco de vuelta, al menos no que yo sepa. UNDERWORLD está lleno de caminos que no pueden recorrerse hacia atrás, sino sólo hacia delante. Pienso en las veces que caminé por este bosque, sintiéndome sola, frustrada, con una mezcla de tristeza y rabia que me impedía hacer cualquier cosa más que gemir. Pasé años vagando por este bosque, arrastrando mi herida oculta envuelta en fajas, escondida entre las ramas como si fueran zarzarrosas protegiéndome, en animación suspendida encerrada en esta crisálida virtual. Reconozco que no tenía fuerzas para enfrentarme al mundo real. Y hago un recuento de los últimos días, de las últimas semanas, de los últimos meses. Sé que ya estoy al final del camino. Recuerdo que cuando nos vimos la primera vez, LaNoviaManca me acarició las manos y me dijo que todas éramos novias mancas. Entonces no la entendí, pero ahora me miro las manos y me parece estar viendo retoños tiernos germinando.

Con estas mismas manos me pongo a la obra. Bueno. Me toma bastante tiempo de búsqueda, pero finalmente logro encontrar algo que me llama la atención cuando tecleo en el buscador "Ich fahre ziemlicht gut". Sin tiempo para ser breve es una biografía científica de Wolfgang Pauli: el libro está disponible por google books; es demasiado largo para leerlo entero (573 páginas contando el índice analítico), pero al menos me queda claro que voy por buen camino y me entran ganas de cachetear a LaNoviaManca, con su manía de no decir nunca nada de forma directa. ¿Qué le costaba decirme de una vez que leyera sobre el principio de exclusión? Leo sobre el efecto Pauli, sobre su sueño del gran reloj del mundo (por cierto, el psicólogo suizo se equivocó en su interpretación) y sobre todo lo que necesito saber para avanzar en el salto.

Entonces se me prende un bombillo y tecleo el código alfanumérico que encontré en el sobre que me entregó Babuchenka como URL. Bingo. La ruedita de espera gira por un rato, hasta que aparece un recuadro que me pide un password. Otro acertijo dentro del acertijo mayor, pero voy bien. Miro afuera de la ventana: ha empezado a nevar.

Cuando estoy muy cansada es imposible pensar con claridad. Imprescindible descansar bien.
Ha pasado otro día. Debería hablar en presente. Con el poco tiempo que tengo, y se evapora un día entero.
Necesito toda la concentración posible. ¿Me sigues?
Necesito organizar el viaje. Ya tengo los extremos del salto, pero es necesario colocarme en la posición de partida y conseguir acumular la energía para el salto. Tu apoyo es imprescindible. Necesito saber que puedo contar contigo. Por favor, mándame una señal.
Al menos, ahora estoy al día.

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miércoles, 13 de diciembre de 2017

A LA HORA DE LA BRISA DE LA TARDE


...sentí que los días pasados se me caían encima como barajas de un castillo de naipes.
El encuentro en la biblioteca, las cartas en el libro de Alicia, los consejos de la novia manca en UNDERLIFE, la lectura de las cartas en un pasado remoto en que yo era otra persona que me costaba reconocer, la nieve espesa cada madrugada, el viaje, la fiesta, la rosa, el beso: todo se arremolinaba en una danza vertiginosa dentro de mi cabeza, las imágenes en una película loca, así como dicen que sucede en los segundos previos a la muerte. Volví a sentir las emociones contrastantes, las alucinaciones de la peste azul, los sueños repetidos, esta vez reconociendo a la bailarina y los dibujos con vida propia por encima de su piel.
Entonces, justo en ese momento tuve una revelación como un relámpago atravesándome el cuerpo de arriba a abajo y supe exactamente cuáles eran los extremos armónicos del salto. Lo que tenía que hacer se iba dibujando como cuando atraviesas el páramo de La Negra viendo el paisaje aparecer por capas y volver a desaparecer, una capa tras otra, hasta que pasas el punto en que se han encontrado la neblina que sube y la neblina que desciende, y al disiparse los velos aparece de pronto la imagen completa con sus contornos definidos.
Puse a ronronear la máquina de hilar, saqué cálculos para probar mi idea.
Entré en la página de tránsitos cósmicos, revisé uno a uno cuáles planetas cumplían ciclos de órbitas completas, revisé las fases lunares y los pasos de los cometas en relación al fin del mundo. Los datos se iban sumando en mi cuaderno de notas, todos apuntaban hacia el instante en que la posición del sol en el cielo tendía a la mayor distancia angular negativa del ecuador celeste. Sin sorpresa, comprobé que coincidía con mi cumpleaños.
A la hora de la brisa de la tarde, estaban confirmados el lugar y momento apropiados al salto.
Me faltaban el modo, el combustible, la nave para el salto.
La fiebre del momento alado me tenía poseída. Volví al sobre como si fuera la solución al acertijo. No pesaba nada, pero algo había en su interior que se desplazaba leve, de un lado al otro, si movía el sobre como una barca. Un acertijo para solucionar otro acertijo, como un rebus, me pareció poéticamente acertado. Volví a mirar la caligrafía nítidamente escrita en tinta azul. Sonreí, todo era tan coherente. Hola, Natalia Polosmak, ya te encontré; ¿y ahora? Al trasluz no dejaba trasparentarse nada. Lo palpé minuciosamente por todos lados, encontré la minúscula marca en relieve. Era un círculo ligeramente achatado, con dos cachitos enroscados en espiral hacia arriba y dos hacia abajo. Reconocí la forma de uno de los tatuajes entre los dedos de la momia. Entonces me decidí y en un impulso lo abrí. Adentro había una hoja de papel doblada, y una llave. La hoja, una vez abierta, reveló una serie alfanumérica incomprensible, y debajo, la frase "Conduzco bastante bien". No sabía qué hacer con la secuencia de letras y números, así que me dediqué largo rato a darle vueltas a la frase, sin entender nada. ¿Conducir? En reflexivo podría aludir al sentido de portarse bien, pero no estaba en reflexivo. parecía referirse a manejar algún tipo de maquinaria. Tipeé sobre el teclado la frase y me aparecieron consejos para conducir bien, unos consejos para sobreponerse al miedo a conducir, varias novelas con títulos que leídos en orden, rezaban: Enciende una vela, inocente aventurera, para casi siempre. Me pareció buena señal, pero no resolvía la duda.

La llave, por su parte, perseveraba en resistir a la resolución. Recordé que en biología se usa la imagen del mecanismo llave-cerradura para hablar de procesos bioquímicos que requieren de cierto acoplamiento molecular, pero no logré llegar mucho más lejos. Me saqué el cuerito doble del que me colgaba del cuello un minúsculo dije en forma de cristal de nieve, regalo de mi abuela. "Mira, --me dijo al entregármelo cuando cumplí ocho años--: es como tú, único. Aunque a primera vista puedan parecer todos iguales, cada cristal de nieve es diferente, mamá naturaleza ensaya todas las formas posibles en simetrías de seis. El agua cristaliza en estrellas todas distintas. ¿Puede haber algo más misterioso, más mágico? Y así eres tú." Llevo el dije colgado del cuello desde entonces, para recordar que a pesar de todo lo que pueda suceder, soy un ser especial. Porque me lo dijo mi abuela. Han cambiado los cueritos que han ido sosteniendo la minúscula estrella de plata a lo largo de los años, pero ella siempre me ha acompañado. Abrí un poco la argolla que sostenía la estrella, inserté allí la llave, volví a cerrar el diminuto anillo. Deslicé el cuerito entre los dos nudos que mantenían amarrado el circuito, para alargarlo al doble de su largo y que la llave quedara escondida sobre mi pecho cuando volví a colocarme el collar.

Ya estaban claros los extremos del salto, y aunque el misterio no estuviese resuelto tenía la clara impresión de que la máquina del tiempo ya estaba encendida, calentando sus motores: sentí que estaba en un umbral entre dos estados, entre el día y la noche, entre caer de un lado o caer del otro, entre las dimensiones del haz de luz y el haz de tinieblas. Entre lograrlo, o no. Tenía la impresión de estar bailando en la punta de una aguja. De pie sobre la cama, como en trance, intenté repetir los movimientos que había visto hacer a la bailarina de mis sueños, la princesa de hielo, la chamana siberiana. Cerré los ojos, volví a verla, otra vez su mirada intensa, azul oscura, me traspasó, y mientras copiaba sus gestos, sus giros, las ondulaciones de sus brazos, me pareció que todos los dibujos de su cuerpo se desprendían de la piel y flotaban a nuestro alrededor, colocándose en la posición correspondiente a constelaciones en el cielo. Entonces, por primera vez, vi su rostro transfigurarse, los labios moverse de forma lentísima hacia una sonrisa.
Lo que me dejó helada, sin embargo, fue que en la luz de su sonrisa se me apareció la boca de la anciana que me había salvado en el páramo, el gesto enigmático agazapado detrás de su mirada cuando me miraba responder a sus órdenes precisas, la sonrisa escondida detrás de la red capilar de sus arrugas.

Entendí más aún: que solamente me quedaban ocho días exactamente para lograrlo. El tiempo jugaba en mi contra, a menos que me estuviera favoreciendo, para volver atrás y acomodar cada paso del camino. ¿Te parece muy titánico? Estoy de acuerdo, y los titanes siempre acaban perdiendo en el juego. Incluso hacer la prueba dejará trazas importantes para la próxima que emprenda el camino, hasta que lo logremos. El tiempo se condensa, comprimiéndose como un resorte: energía cinética, mientras más compacta, mejor para el salto. ¿Entiendes ahora por qué te necesito?

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Gracias a la bella Ana Cecilia por hacer equilibrio
y a Ana María por las fotos
(el video está en camino)

martes, 12 de diciembre de 2017

12.Paradura

Me imagino que quieres que te cuente lo que encontré en mi búsqueda.
A lo mejor tú sí recuerdas las antiguas lecciones, la parábola del profeta que había decidido abandonar su trabajo de difusión de la palabra de Dios y para escaparse se hizo a la mar, pidiendo a unos marinos mercantes que le hicieran un puesto en su nave. Tal vez recuerdes que se había levantado una tempestad tremenda, y que los marineros identificaron a Jonás como el culpable de esta desgracia, y lo habían lanzado por la borda sin miramientos. La tempestad se aplacó de inmediato, dándoles razón. Jonás solo en medio de la mar tenebrosa casi se ahoga, pero Dios es misericordioso y le envió a la ballena para que se lo tragara.
A partir de allí hay dos versiones: una es que Jonás se quedó en la barriga del cetáceo jugando truco con otros náufragos, posiblemente trampeando; pero esa es una versión apócrifa y tal vez no debiera siquiera mencionarla. La versión oficial es que Un buen día Jonás se hartó de comer krill y se dio cuenta de que su destino más lógico era el de ser profeta. Bien, para que no derivemos más te contaré lo que encontré en mi búsqueda: que Jonás quiere decir paloma, para empezar. Que en vez de predicar en Nínive, como le estaba asignado, quiso irse a España, que hubo tormenta mientras dormía en lo más recóndito de la nave, que se echó a suertes de quién era la culpa de la tormenta, que Dios hizo que le tocara a Jonás, que éste pidió ser arrojado al mar para que no perecieran todos. Y que después de prometer obediencia, el pez lo vomitó en tierra seca, al tercer día. Lo que es interesante, a continuación, es el destino de Nínive, porque lo que le tocaba era fin de mundo, pero no fue en tiempos de Jonás, sino un poco después. Nínive había sido fundada por un bisnieto de Noé, estaba dedicada a la diosa Ishtar, y allí se encontraba la gran biblioteca de Assurbanipal, con 22.000 tablillas en escritura cuneiforme, entre diccionarios, tratados de astronomía y textos proféticos, además de la primera novela de la historia, donde se registran las aventuras del héroe Gilgamesh. Pasaron algunos siglos y Nínive fue arrasada hasta sus cimientos. Algún tiempo más, y hasta la tumba del profeta Jonás fue bombardeada. Por Isis, que curiosamente corresponde a Ishtar.
No sé si esto te parezca relevante, pero quisiste saber los resultados de mi búsqueda, por lo que te lo cuento todo. Pero si te quedaran dudas, la mención a la primera biblioteca del mundo debería bastarte. Pero además, está el asunto de que las 22.000 tablillas se han ido traduciendo de forma colaborativa. Ya volveremos sobre esto.
La otra parte de mi investigación tuvo que ver con el nombre escrito en el sobre que me entregó Babuchenka.
Resultó ser una arqueóloga rusa, especialista en el estudio de la Edad de Hierro de nómadas eurasiáticos de la cultura Pazyryk, que comerciaban con Persia, India y China, y se distinguían por tatuarse el cuerpo con las mismas agujas que usaban para sus bordados en miniatura. Junto a su equipo, conformado por mujeres, Natalia Polosmak había descubierto en el altiplano de Ukok, en las montañas doradas de Altai, casi por casualidad, la tumba de una mujer momificada, recostada dentro de un tronco entero excavado. Conservada en permafrost, como una Blancanieves arcaica, como una semilla de magnolia, se había preservado perfectamente. Natalia se dedicó a estudiar todos los detalles del enterramiento. Por la ubicación de su túmulo funerario entre los kurganes dispuestos como cuentas de un collar; por la calidad de las ropas con las que había sido enterrada, por el tocado altísimo, adornado de ocas de oro, por los caballos sacrificados para ella, había llegado a la conclusión de que se trataba de una mujer de altísimo rango.
Pero no era una princesa, no. Sabemos que no era una princesa, su poder era de otra naturaleza. Mientras leo artículos, referencias, noticias, empiezo a sentirme tan agitada como Natalia al borde de su descubrimiento. Puedo oler la esencia de esa emoción. Sé que ella lo sabe, aunque no puede admitirlo oficialmente. Las brujas siberianas también están agitadas, pero por otra razón: desde que la mujer ha sido desenterrada, han ocurrido terremotos y otros eventos originados por esa profanación. Ellas claman que el cuerpo momificado debe tratarse con reverencia y devolverse inmediatamente a la tierra, donde pueda continuar su labor de protección. Pero Natalia es una científica y la pasión se le ha encendido con este logro, es comprensible. Es un éxito para toda la vida. (En verdad, es imposible encontrar ningún tesoro enterrado, si la tierra no se abre para ponerlo a disposición del mundo intermedio, a la hora precisa en que debe ser mostrado; pero esto no lo admitirán ni la arqueóloga rusa ni las brujas siberianas). Hay fotos de la momia, por supuesto. Fotos desde distintos ángulos, la pobre momia ha sido despojada de sus atavíos para estudiarlos mejor: un abrigo de suave pelo de camello sobre una falda roja teñida con cochinilla, y altas botas de suave gamuza negra, todo ello denotando la nobleza de su rango. Pero ahora la pobre se exhibe desnuda dentro de una urna de cristal; por fortuna una mano piadosa la ha cubierto con un velo blanco. En las fotos de gran acercamiento pueden apreciarse los tatuajes azules que adornan su cuerpo. Cuando los veo, casi me caigo de la cama.
Porque los reconozco.
Esos dibujos son los mismos que vi bailar sobre la mujer que me visitó en sueños, una y otra vez, mientras deliraba tiritando de fiebre, echada sobre la colchoneta en la casa más alta del valle de las aguas claras.

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lunes, 11 de diciembre de 2017

11.Leviatan




Me perdí. ¿Dónde me quedé?
Ya me acordé: estaba en la cama tirada, recién llegada de viaje, todavía vestida y sin bañar, con todo el polvo acumulado del camino. Estaba cansada, muy cansada, en realidad sintiéndome como si la ballena acabara de vomitarme sobre una playa desierta. Traté de acordarme de la historia de Jonás y no pude. Pero en cambio me acordé de Pinocho, tragado por una ballena. En el estómago inmenso hay una cantidad de barcos que han sido tragados también, goletas de velas raídas y bergantines que han perdido el lustro; entre los náufragos está el barón de Munchausen, diciendo mentiras como siempre. La ballena sigue su recorrido, mientras en su interior se juega a cartas. Juegan truco, fijo. Es un cetáceo enamorado (macho, para más señas) y va cantando. Los cantos de las ballenas son de las cosas más conmovedoras que hay. Los jugadores de cartas, en cambio, son unos apostadores empedernidos, no se conmueven por nada. Impávidos en la penumbra tibia de las entrañas mamíferas, se juegan la última botella de vino. Esto está más tenso que Casino Royale. Pinocho está embroncado porque ya lo sacaron del juego y tiene una pasión libidinosa inconfesa por el hada azul. Las cartas se mueven rapidísimas en las mangas y lentísimas en el aire. Juegos de prestidigitación: dedos hábiles y veloces, manos más rápidas que la vista. La penumbra contribuye lo suyo. En la mesa está sentado un mago manco, de acento argentino. Va ganando. A su lado está Gepeto, sudando a mares, estoico. El barón miente sin pudor. El cuarto jugador, en el sentido de las agujas del reloj, debe ser el profeta. La ballena se acerca al círculo polar ártico, el frío alcanza su interior cada vez que abre la boca y entran oleadas de agua salada gélida (los jugadores sostienen sus sombreros, sin decir ñé, agarran fuerte sus cartas, no dejan traslucir ninguna emoción). Luego sale el mar filtrado entre las barbas para contener el krill que alimenta las ágiles toneladas de carne, grasa y ámbar. Pinocho, que se aburre y no está jugando ni tiene con quién más hablar, junta unos maderos milagrosamente secos, rompe alguna silla carcomida por el comején que ni en el vientre de una ballena se está quieto, y con unas cerillas que se saca del bolsillo enciende un fueguito para calentarse las manos y poder pensar a gusto en su delirio azul. El humo empieza a salir por la abertura respiratoria de la ballena, justo cuando está pasando frente a la isla Elefante. El mar está agitado y los botes no logran salir, en la orilla está el capitán Shackleton fumando su pipa, agitando mucho los brazos y moviendo cielo y tierra para que salgan a buscar a su tripulación. La ballena macho empieza a sentirse mal y lo atribuye a la necesidad imperiosa de copular con una ballena hembra, sin saber que se trata de que una de las patas que arden en la hoguera de Pinocho era de sándalo, y como todo el mundo sabe, las ballenas son alérgicas al sándalo desde que el sándalo era una especie submarina y la primera ballena creada se atragantó con todos los bosques perfumados. De allí le viene el ámbar, por cierto. Nuestra ballena macho tiene pedigrí, desciende del coloso blanco que combatió el capitán Achab. O eso dice para ufanarse. El caso es que el humo le hace cosquillas en el esófago, carraspea un poco y termina por estornudar estrepitosamente. Quien sostiene que las ballenas no pueden estornudar estaría contento de comprobar la potencia de los estornudos portentosos. Pero si creen que por los estornudos salen uno a uno los náufragos, empezando por Pinocho, están muy equivocadas todas y todos. Los estornudos hacen que la ballena salte sobre el agua, describiendo unas piruetas absolutamente increíbles. A la primera pirueta la oleada forma un tsunami que inunda la playa de la isla Elefante y no encontrando palmera a la cual abrazarse el capitán Shakcleton se ahoga sin remedio, con lo cual termina para siempre la saga del Endurance. A la segunda pirueta el tsunami llega hasta el otro extremo de la isla, haciendo que ese pedazo de tierra se suelte del frágil tallo que la mantenía amarrada del fondo marino y dé dos vueltas sobre sí misma, con lo cual la estación ballenera se encuentra por completo mojada y toda su porcelana se estrella dentro de las alacenas al igual que las cristalerías, porque uno de los balleneros había dejado abierta la ventana. Para escuchar el canto de las ballenas, decía. Queda castigado, debe bordar cien planas con la frase "No abriré las ventanas al canto de las ballenas". El barón sigue jugando, pero se remueve inquieto porque no está dispuesto a ceder su monopolio de la exageración; pero esa partida la lleva perdida, porque con el tercer estornudo de la ballena la pirueta es tan formidable que la pobre queda tendida sobre la playa, arenada. Los balleneros salen de la estación, no se pueden creer su suerte, una ballena les ha literalmente caído del cielo. Se colocan los delantales y sacan todas sus herramientas de descuartizamiento: los bisturís gigantes, las pinzas gigantes, las paletas separadoras gigantes, y empiezan su labor. Primero extraen las barbas para hacer corsés, cortan la piel espesa para hurgar en la grasa dejando para el final el tesoro inestimable de la glándula de ámbar; y antes de llegar al estómago donde los jugadores se están jugando el todo por el todo en la última mano, se encuentran con un antiguo náufrago momificado dentro de la carne, como un quiste. Como un Dionisio bebé en el muslo del dios Zeus. Como una Atenea dormida, antes de su triunfal nacimiento cerebral.
Yo soy uno de los náufragos, pero no tengo claro cuál de los seis.
Los balleneros hacen palanca para extraer el náufrago enquistado. Los otros tienen su suerte echada.
Asisto a la extracción, me gusta que lo estén sacando, siento que me han sacado a la luz, que soy yo esa momia que vuelve al mundo de los vivos. Puedo tener el gran convencimiento de que he logrado salir por mérito mío, como si me hubiese parido a mí misma; pero no... estaba demasiado momificada, ciega y perdida, como para hacer indulgencias con escapulario ajeno. Quizás mis gritos de auxilio fueron escuchado, quizás supe encomendarme a Dios y supe aguantar, persistir, pero definitivamente, me sacaron otros. Fue otro tipo de parto. Alguien tiene que pujar, eso está claro. Los balleneros sudan para extraer el quiste momificado, se han sacado las chaquetas, todo sucede como estaba previsto.
Si todo sale bien, la carcasa de la ballena deriva continentalmente y termina por incrustarse, convertida en fósil, en una ladera de las dulces colinas de Toscana, por donde pasea Messer Leonardo una tarde particularmente apacible. El sabio entra, junto a su aprendiz, en una de las cuevas, y reconoce las conchas marinas y entiende, y reconoce el costillar y entiende.

Yo en cambio, entiendo poco. Despierto boqueando, como cualquiera de los náufragos emergiendo de la carne sagrada de la ballena sacrificada. Todo nacimiento expresa una cuota de crueldad.
Entiendo que me dormí aceptando que no puedo controlar lo que sucede. Despierto dando gracias por ello, aceptando que todo viene de la red del tiempo, que conoce aquello que es para mi bien, aunque no lo pueda entender en este momento. Suelto y entrego para iniciar la espera. Confío que estarás conmigo, que cuando alargue la mano te encontraré acompañándome en esta aventura, y que lograremos producir el combustible suficiente para el salto. Así, sin conocer todavía los extremos del salto, confío. Espero lo que necesito, como el granjero espera el cambio de clima. No es una espera pasiva, lo sabes. Si hiciera falta lluvia, podría bailar la lluvia (y entonces recuerdo y me pregunto, qué estaría esperando con su baile la mujer pintada de azul). Mi estómago se llena de ilusión, como cuando era una niña, y vuelo pensando en la física cuántica y las maravillas que hacemos sin entenderlo. Puedo además empujar con delicadeza las palancas que me colocan en armonía con el resultado que necesito, imagino y espero. Pero no lo puedo forzar. Sólo puedo atender al jardín, como me enseñó Babuchenka entre los frailejones. El jardín del cual quiero salir. Cuando la visión está henchida de espera activa, ya no es sólo esperanza: la atención totalmente presente brilla como un faro, señalando al mundo la dirección en la cual está colocada mi barca. Lo exterior responde a lo interior. El mundo responde, está comprobado, lo sé.  Una vez, hace años, o días, iba caminando por Mérida y quería comerme una hamburguesa, demasiado la quería y el dinero no me alcanzaba. Era tanto lo que la quería que estaba convencida que me la iba a comprar. Yo tenía tres billetes enrollados en el bolsillo: uno de 2, de 5 y de 20, creo. No recuerdo, fue hace mucho. Y caminando vi un rollito que era como el mio y lo agarré y era tan igual que dije, ¡ahora hasta la plata estoy botando! Me saqué el dinero del bolsillo y era exactamente igual, mi rollito multiplicado. Cosas de la trialectica. La cosa es que me comí mi hamburguesa y eso me quedó grabado. Me repito la lección pero también la creo. Creencia y creación se anudan en un verbo solo. Sostengo la espera, no porque no me quede nada mejor que hacer, sino porque sé que sostener la fe con la totalidad de la convicción personal activa la disposición a cruzar el río y pone los puentes necesarios hacia la transición en el cual eso es real. Si la cantidad suficiente de náufragos pudiésemos imaginar el mismo futuro, y sostener esa visión por el tiempo necesario, podríamos alcanzar lo que esperamos, el salto.

Entonces alargo la mano y alcanzo mi máquina de hilar y la enciendo, para ver qué puedo averiguar sobre el nombre escrito en el sobre que me entregó Babuchenka, la bruja gentil que horneaba pan de cuatro granos.
Googleo: "Natalia Polosmak". Mientras el motor de búsqueda hace su trabajo, googleo también "Jonás", por no dejar.

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Bo Bartlett: Leviathan (2017)