domingo, 10 de diciembre de 2017

10.Pippi


Cuando llegamos al terminal de autobuses, Antonia y yo nos saludamos como compañeras de viaje: con una calidez circunstancial; noté que tomaba la precaución de despedirse antes de bajar, en el momento del desorden habitual mientras todos los pasajeros recogen sus mantas, bolsos y almohadas. Antonia ya tenía listo su equipaje, un morral de dimensiones modestas pero de líneas elegantes, que brillaba por lo nuevo. Afuera estaba esperándola una camioneta con chofer de lentes oscuros. En el momento no le puse mucha atención, pero me pareció curioso. Me fui por mi lado, caminé hasta la estación de metro por la estrecha acera que bordea el Museo del Transporte, contenta como una niña por ver el avión con sus hélices de cuatro aspas.
Tomé el metro cuando apenas había pasado la hora pico, lo que me permitía circular con mi morral sin demasiados inconvenientes, y en el vagón pude sentarme. Delante de mí tenía a una pareja joven con las cabezas muy juntas, el brazo de la muchacha rodeaba el cuello del muchacho para acariciarle una oreja, de arriba a abajo, recorriendo con delicadeza todo el territorio minuciosamente, el borde hasta la espesura del lóbulo y llegando, al extender los dedos, hasta la barbilla; él tenía los ojos entrecerrados, una actitud de entrega que me hizo sentir una punzada dolorosa. Mi mirada se desvió hacia una mujer morena grande, de pie, con un ceñido atuendo integral de estampado militar en colores pasteles, cuyo corpiño se unía por medio de una argolla metálica a una banda ajustada al cuello, recordando vagamente los códigos SM. A mi lado una mujer de mirada cansada tenía un seno fuera de la camisa para amamantar a una niña de ojos enormes y negrísimos, húmedos como los de un gran animal manso y grave. A esa hora todavía algunas personas se dirigían al trabajo pero iban tarde, con un nerviosismo que se revelaba en la impaciencia por el retraso habitual, la voz en los altoparlantes hablaba de un arrollamiento en las vías; faltaba saber si se trataba de otro pobre desgraciado sin esperanza, o si en medio de un desorden originado por una situación de robo alguien había sido empujado a las vías. En cualquier caso hacía tiempo que las políticas internas del metro habían abandonado el eufemismo de la "dificultad técnica", con lo cual pretendían deshacerse de toda responsabilidad por la tardanza y el mal servicio, como si no hubiera suficientes otras razones para aborrecer otro servicio deficiente gestionado por Obierno Amoroso.
Para cuando caminé las pocas cuadras que me faltaban para llegar a casa, ya sentía que el duro gris de la ciudad estaba empujando lejos los cielos altísimos, el aire fino sobre los picos nevados, el ritmo pausado de quien se rige por las horas que rigen los vientos y la neblina; me costaba sacar la cuenta del tiempo que había pasado fuera. Metí la llave en la cerradura y ese pequeño gesto tan trivial me conmovió, por su familiaridad, por ese pacto histórico entre la llave y su cerradura: los tiempos y las formas pueden cambiar, pero se mantiene el concepto de dos elementos que se reconocen y encajan una en otra, permitiendo que se desenvuelta una acción que sólo puede suceder si el acoplamiento es adecuado. En bioquímica abundan los casos de mecanismos de este tipo: la percepción de los olores, por ejemplo, y el comportamiento enzimático. Por supuesto, en el caso de la bioquímica el encaje es más plástico, el sustrato induce en las enzimas una modificación que permite el encaje, o viceversa. Pero la emoción más honda provenía de entender que hacía muchísimo tiempo que no metía una llave en una cerradura; y que yo era otra persona diferente de la que había salido de allí, siglos atrás. A malapena lograba recordar quién era aquélla chica tímida hasta los ataques de pánico, torpe en sus gestos, incómoda en su cuerpo, empeñada en esconderse en un refugio virtual para salvarse del mundo que quería devorársela.
Tampoco podía explicar con claridad quién era esta muchacha que abría la puerta, ni hasta qué punto sus movimientos eran más fluidos. No la conocía muy bien, no había tenido tiempo de observarla, pero después de tomar un vaso muy grande de agua (la cual, noté con sorpresa, no tenía en absoluto el mismo sabor del agua que me había acostumbrado a beber entre las montañas) desanudé mis botas, las solté como pude pateándolas en cualquier lugar y me tiré en la cama, boca arriba. No hubiera logrado mover ni un músculo más, ni siquiera si lo hubiese deseado.
El cuerpo reconoció su cama, la dureza justa del colchón, la elasticidad de los resortes, y al fin se relajó con la tranquilidad de estar en territorio propio. Entonces, sin querer, mi mente empezó a derivar sola, haciendo un recuento, saltando a su placer hacia atrás y hacia los lados como si se desplazara por un tablero de juego: el viaje conversando con Alejandra, la sorpresa de descubrir por puro azar que se trataba de la astrofísica que me habían recomendado buscar; la sesión de cartas con LaNoviaManca en UNDERWORLD, donde me había hablado del viaje que iba a emprender, del Céfiro, del tiempo matricial tS3, de las cuentas del collar... ¿qué otras cartas me habían salido? No lograba recordar la secuencia exacta. Pensé en las cartas que había encontrado entre las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Después volví a pasar por la fiesta loca en la casita de la montaña. Reviví las conversaciones, los personajes, las canciones. Me acordé de la rosa intacta por tantos días en el altar, podía distinguir el borde nítido de cada uno de sus pétalos y sumergirme en su centro perfumado. Me acordé de la mujer que me visitaba durante los sueños y de la anciana bondadosa que a veces podía ser una vieja bruja. Volví más atrás, a los tiempos en que el brillo de la nieve me recordaba a mi madre. Escuché un gemido y me di cuenta de que había sido mi propia voz quien lo había proferido. Mi mente, ágilmente, se sumergió en el recuerdo de mis paseos por los bosque de UNDERWORLD. Alargué un brazo hasta alcanzar la tapa lisa y fresca de mi pequeña máquina de hilar. Estaba completamente descargada, por supuesto, así que enchufé el cable y toqué el mágico botón de encendido. ¡Qué reconfortante ronroneo! Me adormilé sin darme cuenta, mientras la máquina cumplía con todo el protocolo de encendido.
Cuando abrí los ojos la pantalla brillaba y me indicaba que tenía mensajes por revisar, en número de tres cifras, la mayoría de ellos desde UNDERWORLD. Me hice la loca con mucho éxito y googleé "Natalia Polosmak", a ver adónde me llevaba el sobre de las montañas.

...CONTINÚA -->
<--VOLVER ATRÁS



sábado, 9 de diciembre de 2017

9. As en la manga



Aquí habría que hacer un inciso para explicar cómo es la teoría del salto en el tiempo.
Sobre todo porque para poder saltar hace falta un montón de energía que se va almacenando en celdillas, día por día, hasta el solsticio; y parece que sólo quedamos tú y yo para que ese almacén de energía tenga la cantidad suficiente, de aquí al 21. No me atrevo a pensar qué pasaría si no tenemos lo necesario para el salto. De todas maneras, confío. Quién sabe cuántas veces hemos llegado exactamente a este mismo punto, sin que te dieras cuenta de la importancia que tienes. De todas maneras, confío (quizás por el as en la manga). Pero como sabes, el Laboratorio es muy estricto con su material confidencial.
Digamos que Mientras miraba a la mujer bailar en mis sueños, los dibujos azules que la recubrían me iban explicando lo que necesitaba saber para el salto. Por supuesto, cabe la posibilidad de que estuviera desvariando, presa de los delirios febriles de la peste azul. No sabría decirlo con certeza.
Esta página es un glitch en el itinerario, pero también era necesaria.

...CONTINÚA -->
<--VOLVER ATRÁS

viernes, 8 de diciembre de 2017

8.Enredaderas

Hay momentos en que se ve muy claro que la historia pudiera ir por un camino, o por otro.
Que de los miles de caminos que se abren delante dos son los que se ofrecen, en ambos hay una ruta que sólo empieza a verse y se hunde en la neblina. Habiendo una caminante, hay que escoger una de las sendas, y no pensar demasiado en el camino que no fue tomado.

Si cuando se incendió el motor del autobús me hubiese quedado esperando que llegara el auxilio previsto, hubiera pasado otra cosa; pero decidí pararme a la vera del camino, al acecho de cualquier par de fanales, y cuando vi que se acercaba otra nave me erguí, agitando mucho los brazos, y el autobús se detuvo, como una gran bestia marina resoplando. Pedí que me brindaran un pasaje; el chofer se apiadó y me lo concedieron.
Sólo había un puesto libre: me senté al lado de una mujer todavía joven, que parecía haber apenas despertado con el frenazo. En la penumbra del bus me pareció que tenía el cabello claro y un rostro franco. Iba tapada con un grueso suéter de lana merideño. Como le costaba volver a dormirse entablamos conversación. Quedaban unas siete horas de viaje, las mismas para que amaneciera. Espiando a través de una rendija comprobamos que todavía no había nevado. Nos desplazábamos a toda velocidad en el corazón de la noche, el paisaje cegado por las cortinillas que habían sido fijadas por motivos de seguridad. Nos presentamos; su nombre era Antonia. Por esa curiosa afinidad que se siente a veces por vecinos de viaje, pronto nos hallamos conversando con gran confianza. Le conté cómo me había contagiado de peste azul, cómo había sido salvada por una desconocida a punta de brebajes de hierbas; le mostré el sobre de manila. Ella lo tomó, calibrando su peso con la mano, y leyó el nombre escrito en él.
--Me suena, estoy casi segura de haber leído ese nombre antes; pero no logro ubicar dónde.
Le dio vueltas por todos lados, mirando con una atención intensificada y palpando las esquinas. Al momento no le puse atención, pero luego, rememorando ese momento, me di cuenta de que alguna cosa había encontrado en su examen: algo que explicaría por qué fue tan abierta, tan explícita con una desconocida. Pero eso sólo pude notarlo más tarde: en el momento estaba exhausta y el cansancio junto a la tensión por el incidente con el autobús había bajado mis defensas. No estaba alerta, sino agradecida de poder sentarme en una butaca, y de tener la opción de proseguir el viaje. También estaba agradecida de que el azar me hubiese colocado al lado de una mujer que parecía agradable.
Era científica, me contó que daba clases en la Universidad de Los Andes, aunque también hacía investigación. Cuando mencionó algo sobre el CERN me despabilé por completo.
--¿Eres físico?
--Astrofísico, más bien. Si nos vamos a poner formales, las líneas de investigación que aparecen en mi currículo son física de altas energías, astrofísica de partículas, cosmología y Defectos Topológicos.
No me podía creer tanta casualidad. Me dio vértigo, varias piezas giraron en el aire y se asentaron en su lugar en el rompecabezas general.
--Eres Antonia Belfo. La doctora Antonia Belfo, corrijo sintiéndome el rostro encendido de vergüenza.
No era una pregunta, sino una afirmación, se me salió sin pensarlo, de lo puro asombrada que estaba. Ella era la razón por la cual había iniciado el viaje, tantos días atrás, antes de la fiesta de los comedores de loto, antes de la peste azul, antes de la perdida y recuperación de sentido en el páramo. No me lo podía creer. Ella se rió con toda naturalidad. La verdad es que se veía como una estudiante, informal, muy joven.

--Antonia está bien, por favor. Vamos a pasar horas encerradas en esta nevera con ruedas como compañeras de viaje, lo de la formalidad era broma.
Estaba tan eufórica que perdí toda prudencia en abordar el asunto de los viajes en el tiempo, convencida de que a ella también le apasionaría hablar del tema, a pesar de su ilegalidad (estábamos tan enfrascadas en hablar de ondas gravitacionales y tiempo tS3 que no se nos ocurrió plantearnos que alguien más pudiese estar escuchando, no de los peligros potenciales que esto comportaría). Total, que estuvimos todo el resto del viaje compartiendo ideas, hipótesis y suposiciones sobre el Laboratorio Central de Altos Estudios Sincrónicos, que operaba en la clandestinidad más absoluta, y sobre la posibilidad de que las Brujas Saltadoras fueran algo más que una leyenda urbana. Hablamos de los arcos armónicos entre los puntos extremos y de la necesidad de ajustar estos puntos con gran cuidado; y de la energía necesaria para cumplir el salto y del entrenamiento para que el vehículo pudiera adaptarse al viaje. Ella me contó su experiencia con el Gran Acelerador de Hadrones y mencionó unas investigaciones que estaban desarrollándose entre el Centro de Física Fundamental y el Laboratorio de Bioquímica, relacionados con las glándulas endocrinas y con la acción de nanorobots que funcionaban como neurotransmisores forzados de cronoperceptores. Volvimos sobre el tema de las brujas, examinamos los fragmentos que conocíamos sobre ellas (casi todos chismes recogidos en obritas de ficción), y aventuramos explicaciones y especulaciones sobre quiénes podían ser y qué relación podían tener con el LCAES, con el fin del mundo, o con la aparición de la nieve.
El caso es que en determinado momento tuve la visión clarísima de que el conocimiento, como tantas otras cosas, puede encontrarse concentrado en un espacio contenido, como una unidad completa que al caer en el sustrato adecuado se despliega exponencialmente, germinando en todas direcciones; o bien puede expandirse siguiendo otro modelo, en el cual parece continuarse de un receptor a otro como si se tratara de un continuo que se desarrolla atravesando cualquier membrana con la que se encuentra, es decir sin límites, como si al juntarse las personas adecuadas, simplemente al estar próximas, las ideas establecieran sus propias sinapsis restableciendo una gran red que atraviesa las individualidades.

En este momento no puedo dar detalles más precisos porque el día se acaba y así mi tiempo por hoy, pero puedo asegurarte que adelantamos mucho. Tal vez consiga, después de todo (y contra los mejores pronósticos) terminar para el solsticio. Cruza los dedos.


<-- para ir HACIA ATRÁS
...CONTINÚA-->




jueves, 7 de diciembre de 2017

7.Afrodita


La anciana preparaba quesos frescos con la leche de sus vacas y los ahumaba en el fogón, después los envolvía en hojas de frailejón. Las hojas algodonosas se usan con fines medicinales, especialmente para los bronquios y afecciones respiratorias; dan al queso un aroma de su resina, una cualidad particular. La choza estaba en un lugar muy recóndito de la montaña, rodeada de esas plantas y de neblina. Cada tanto pasaba el hombre del caballo --el que me había recogido por la madrugada un lejano día, salvándome de morir de mal de páramo--que se llevaba los quesos para venderlos.
Me da pena reconocerlo, pero nunca llegué a saber su nombre. Ella se hacía llamar Babuchenka. Es curioso, pero me parece que cualquier curiosidad por los detalles personales que tenían que ver con ella resbalaban sobre una campana de vidrio espeso, sin hacer ruido. Los días pasaban, todos iguales. Mi debilidad iba cediendo con los brebajes que me hacía tomar con una enorme paciencia.
Hablaba poco, había un gran silencio en la choza, me hacía bien estar recostada, en calma, sintiendo como mi cuerpo iba recuperando fuerzas y los pesares sin lugar anatómico también se disipaban. Mi voluntad también estaba sufriendo una peculiar metamorfosis; pero como sucede con la oruga cegada por la opacidad de su crisálida, no me percataba de nada. La miraba moverse por casa, a veces murmurando sola, como si se estuviese cantando a sí misma, y eso me proporcionaba una extraña calma.
Daba de comer a los gatos (había tres, y todos eran blancos y negros), preparaba los quesos, barría con un escobillón hecho de ramas que dejaban un olor a vida silvestre, canturreando un estribillo rítmico que podía sonar más o menos así: "Ciprina de cúprico cobre, de chipre, de cupros y copros, estiércol fulca nelli dixit semilla del oroculto". Y así por el estilo. Parecía un trabalenguas. También cuando estaba escogiendo con gran cuidado entre las hierbas secas que tenía por todos lados; y cuando las mezclaba y cocía en el caldero, parecía hablarles. No, más bien les cantaba.
Al estar listo el cocimiento, se acercaba y me daba de comer en la boca, cucharadas de líquidos que no lograba identificar pero que siempre parecían hacerle mucho bien a mi cuerpo. Mientras me alimentaba, me explicaba cosas sobre las plantas, cómo se combinaban unas con otras, cómo se relacionaban con los humanos. Me dijo que cada vez que introducimos algo en nuestro cuerpo, establecemos acuerdos entre entidades. Yo por supuesto no entendía nada, pero asentía y tragaba, tenía la extraña sensación de que algo dentro de mí estaba aprendiendo. En cuanto pude ponerme de pie, me puso entre las manos un mortero y me enseñó la forma correcta de machacar las hierbas y semillas. Me enseñó a amasar correctamente, a cargar el agua que bebíamos, a disponer de los desperdicios, a encender el fuego, a bañarme hablando con cada parte de mi cuerpo. Aprendí casi sin darme cuenta; era muy rigurosa, exacta en lo que pretendía, pero lograba guiarme sin que sintiera presión. En ocasiones, sin embargo, podía ser muy estricta, casi feroz; me obligaba a empujar hacia atrás las ganas de llorar, las ganas de gritar, las ganas de salir corriendo. Algunos días más tarde, me bastaba con seguir la dirección de su mirada para saber qué esperaba de mí. Empecé a sospechar que sabía hablar con los animales. Los días pasaban apacibles. Me hice amiga del silencio. A veces la niebla entraba por las ventanas. Las noches eran muy frías y el frío, extrañamente, me hacía bien. Me hice amiga del frío. Había olvidado por completo el propósito que me había llevado allí en primer lugar. No lograba explicarme qué hacía tan arriba entre las montañas. En realidad, tampoco sabía dónde estaba exactamente, y la verdad es que no me importaba demasiado.
No tengo mucho más que contar.
Llegó el día en que ya estaba por completo restablecida, no me dí cuenta de que estaba en realidad mejor que cuando había emprendido el viaje. Mi cuerpo estaba listo para partir.
Te debe parecer aburrido lo que cuento, parece no estar pasando nada. La verdad es que estaba pasando una enormidad de cosas, pero yo tampoco me di cuenta entonces.
Había olvidado que hacía muchísimo tiempo había iniciado un viaje en busca de una bruja que me enseñara a saltar en el tiempo. Tampoco recordaba para qué quería yo aquello. Los capítulos anteriores parecían borrados, perdidos. Simplemente seguí un día tras otro, y eventualmente llegó el día en que Babuchenka me llamó y me dijo: Es hora de que regreses a casa. Me puso entre las manos una bolsita rellena de hierbas y me entregó un paquete plano. Reconocí el aroma de las hierbas, sabía exactamente su composición y para qué servían.
El paquete era un sencillo sobre de manila, cerrado, con un nombre escrito a mano en tinta azul: Natalia Polosmak. Lo metí en mi morral, cerré el morral, me amarré las botas con doble nudo.
No hubo ceremonia de despedida. Me acompañó a la puerta, vi que estaba el hombre del caballo, con su poncho y su sombrero; hizo un trecho del camino conmigo. Me llevó por una senda que no conocía. Después de día y medio de camino bajando del páramo por montes escarpados, llegamos a un pueblo vecino. Me dejó en un paradero de busetas, puso algo de dinero en mi mano y me dio indicaciones precisas. Tomé la buseta, recorrimos carreteras empinadas, bordeando la cordillera; llegamos a un terminal de buses, me monté en un autobús, viajamos toda la noche recorriendo las llanuras.
Todo el viaje me pareció un sueño dentro de un sueño.
Tenía la certeza de que en cualquier momento despertaría, pero ¿dónde?
No tenía claro si aparecería en el catre de una casita campesina en lo más alto de un páramo, o en un saco de dormir sobre una colchoneta en una casa rural en un valle de aguas claras, en un yacijo virtual de la casa del árbol en medio de mi videojuego habitual o en mi cama de la casa en la ciudad.
Por fin desperté en un asiento sumamente incómodo, en un autobús que se descompuso en medio de la nada. Los pasajeros se preguntaban unos a otros qué pasaba, envueltos en mantas de colores o en abrigos de fortuna para soportar el frío del aire acondicionado fuimos bajando, medio turulatos por el sueño. De la parte trasera del bus salía un humo espeso y nauseabundo. Alguien calculó que quedaban unas ocho horas de camino hasta la ciudad. La carretera estaba desierta.
Bueno, pues fue debido a ese percance que pudo avanzar mi aventura.
Ya sé que estoy contando la historia de cualquier manera, empezando a mitad de camino, pero vas a ver que así es como tiene más sentido, aunque parezca increíble. Es como si hubiese sido una pequeña molestia escondida en un lugar muy blando y tierno, irritando, doliendo, cubriéndose capa a capa de nácar hasta ser una malformación, pero bella, brillante: una pequeñísima perla.
Imagino que todo debería ir cobrando sentido muy lentamente, a medida que se van ensartando las cuentas en el collar (una cuenta: un cuento), pero eso está muy lejos todavía, faltaría recoger las perlas dispersas y unirlas en una misma sarta.
De momento, todavía enredada en las telarañas del sueño dentro del sueño, tengo un destello de intuición, acerca de quién rige la madreperla.

...CONTINÚA -->
<--para ir HACIA ATRÁS

miércoles, 6 de diciembre de 2017

6.Hornear


Antes de abrir los ojos intento reconocer esta masa en la cual habita la conciencia que recién empieza a desperezarse, somnolienta. No tengo poderosas alas de águila, no hay vuelo alguno en este cuerpo, no siento el cosquilleo de plumas, la gravedad me reclama implacable, dolorosamente. Tampoco soy árbol: no siento las ramas arañando el cielo, no siento las raíces hundiéndose en busca de los capilares de agua con sus preciosos nutrientes disueltos, no siento el fluir pausado de la savia dorada. Si acaso fui árbol debo haber perdido la majestuosidad que se yergue uniendo los opuestos, quizás sea un tronco caído. La gravedad no termina de satisfacerse nunca. Este cuerpo parece ser una roca con peso inexorable. Si fuera una roca tendría el beneficio del líquen, podría reconocer las naturalezas entretejidas del hongo y el alga, poseería al menos una sabiduría antigua depositada en los enlaces minerales. Pero no reconozco sabiduría alguna en este peso, esta densidad tumbada, vencida, inmóvil. A medida que despierto, algo va doliendo, una red de pinchazos instalada sobre las superficies, pujando desde el interior que todavía no acierto a descifrar.

Antes de abrir los ojos escucho movimientos. Primero son solamente sonidos en un horizonte lejano, un horizonte sobre el cual flotan espejismos. En el paisaje inestable sólo los ruidos tienen consistencia. Dentro de mí empieza a rodar lenta, con cautela, la maquinaria del entendimiento. Por lo doble intuyo que son pasos; por el ritmo pausado y dispar entiendo que no es una caminata, no es una marcha: alguien deambula. Otros rumores difusos me hablan de una cocina. Los parpados me pesan infinitamente al ir cobrando cierta conciencia de un yo elusivo que huye y salta a campo traviesa como una liebre bajo la mirada del águila cazadora, sabiendo que su destino está sellado, que el dolor que se extiende hacia cada rincón no podrá ser esquivado.
Todo vuelve a ser noche, y en la noche, pocas estrellas que titilan, pequeños botones de luz que van multiplicándose hasta que la blancura es insoportable.
La voz, sin embargo, es suave, lisa y suave como las manos de las ancianas que han acariciado durante una vida larga, que saben amasar el pan y blanquear las sábanas y escoger las hierbas que sanan:
--Abra, mi niña, abra un poquito.
Solícita, pero también firme.
No puedo, no puedo abrir los ojos. ¿Qué es lo que me pide?
--No hace falta abrir mucho, sólo un poquito. Guarde su jardín intacto, que no entren las alimañas.
¿Qué quiere de mí, qué pide? Algo se acerca a alguna parte de mí, topa con suavidad. Algo reclama un gesto, un reconocimiento. Algo que es sólido y tibio toca a mi puerta por los lados del sitio donde debería estar algo que una vez conocí por boca, labios, dientes. Ah, debo abrir. Pero abrir requiere un esfuerzo inaudito. Dejo de cerrar, más bien. Dejo que pase solo. Algo se entreabre, se separa. No participo en la acción, estoy muy lejos, corriendo sobre la superficie helada de las estepas, sorteando matojos de frailejones, huyendo de la sombra del águila. Huyendo del pico presentido. Corriendo a ciegas, puro terror de víctima señalada.
Algo entra en el territorio indefinido que soy. Algo tibio, cálido, luminoso, como una sopa de miel. Oh, recuerdo el oro de la miel. Esto tiene aromas de campo, de flores, de hojas de olor. Sabe a una tarde luminosa de tardo verano, suena a abejorros y aves pequeñas, suena a libélulas azules. El sabor me llama a lo lejos, me trae como un papagayo que se trae de vuelta enrollando la cabuya sobre el palito, vuelta a vuelta.
Quiero confiar, dejarme alimentar a cucharadas, dejarme ir con un suspiro tras cada cucharada, exhausta por el trabajo de tragar.
La noche vuelve a engullirlo todo, y después de acabarse el tiempo vuelven el dolor, la voz, la blancura insoportable, la miel líquida y aromática, la tibieza y de nuevo la noche y la aniquilación del tiempo, cada vez más corta ésta, cada vez menos profunda. No estoy lista todavía, eso está claro. Pero algo está haciendo dentro de mí el jarabe administrado en cucharadas, que tomo a sorbos cortos. Pareciera estar restaurándome, reuniendo los cabos desamarrados, soltando los nudos, alisando los ángulos agudos.
La voz es la que me despierta cada vez:
--Abra un poco, mi niña, tantito apenas. Déjese sanar. No se deje atrapar por la nada ni por el miedo. Tómese este poquito de jarabe.
La voz es la cabuya que trae de vuelta este papagayo que soy. No sé cuánto tiempo ha pasado (días, semanas, horas) cuando abro los ojos por primera vez. Techo de caña y palmas. Paredes de bahareque, bajo el revoque de cal viva aparece el barro endurecido. La luz es tenue, grisácea, como de neblina tupida. Estoy tumbada en un catre de madera rústica, con una espesa cobija sobre mí. No tengo fuerzas para moverme, pero puedo mirar a mi alrededor. Noto cierta curiosidad: buen síntoma. La anciana está de espaldas, reconozco en sus movimientos los sonidos que me han acompañado en la duermevela, en su cabello suelto en ondas creo ver corrientes marinas, aguas freáticas, cascadas de sierpecillas. Vuelvo a sumirme en el sueño.
--Otro poquito, niña sirena, sienta como los espíritus de las plantas le alimentan célula por célula, bellas durmientes, déjese cuidar.
Abro la boca sin pensar, es un gesto natural, entrenado por muchas repeticiones. Recibo la cucharada, agradecida. El líquido es espeso, tibio, parece sol condensado. No es dulce, tampoco salado. Corren sabores en la marea que me inunda el cuerpo por dentro, llegando a cada recóndito lugar. Siento la presencia de la anciana, sentada en el borde del catre, siento la dureza de la cuchara de palo sobre mi lengua, la suavidad del jarabe que reconforta. Abro los ojos. No es una anciana. Es una mujer hermosa, con pequeñas arrugas sobre el rostro y una inusitada juventud en la sonrisa. No entiendo qué edad puede tener.

--Buenas tardes, me saluda. Por fin llegas, bienvenida. 


...CONTINÚA-->

<--para ir HACIA ATRÁS

martes, 5 de diciembre de 2017

5.Papagayo

(hoy los colores son de Mercè, grácies!)

Floto en suspenso entre la capa de cielo frío y la capa de tierra fría. 
No sé si es de día o de noche. Floto entre una cosa y la otra. Tampoco estoy muy segura de si estoy viva. ¿Cómo se llamaba lo contrario de estar viva? Recuerdo un cuento que me contaron de pequeña, en el cual le preguntaban a la protagonista si era de este mundo o era de otro mundo, y ella contestaba: “Antes, yo era de este mundo”.
Ahora no sé a qué mundo pertenezco exactamente. Me deslizo entre capas de sentido, delicadas capas de hojaldre traslucido y crujiente, velos tornasolados como auroras boreales que titilan, dulces fantasmagorías. Tampoco me atrevería a decir que pienso, pero aparecen y desaparecen imágenes, recuerdos más bien. Tienen que ser recuerdos, o sueños tal vez. Juntos dibujan un paisaje que significa algo, pero no logro atrapar qué es exactamente.
Un mecanismo que mide el tiempo vuela asentado sobre las alas extendidas de un águila dorada. Los discos de pulsos combinados se engranan, girando en 4 x 8 = 32 divisiones. El águila me lleva a una zona desértica, entre montañas heladas, donde es tradición cazar con aves rapaces. La montaña brilla por la ladera que mira a poniente, la escarpada pared de piedra se enciende con los colores del fuego, como un espejo puesto frente al atardecer. En el cielo de un azul imposible de describir en su pureza, evoluciona un pájaro de amplias alas. Sé que es un águila, por la majestuosidad del vuelo. Puedo mirar por sus ojos, sentir el silbido del aire hendido por las puntas agudas de las plumas remeras y el sordo arrullo del plumón que juega con sorbos de viento. Tengo control cenital sobre el territorio que se desliza como una alfombra allá abajo. Mis pupilas atentas a detectar cualquier movimiento entre las rocas barren los accidentes topográficos, pasan por encima de los túmulos dispuestos como las cuentas de un collar. Debajo de la tierra hay cuerpos recostados dentro de troncos enteros, protegidos por carcasas de caballos. Reconozco a quien encabeza la sarta, adivino la tiara con minúsculos destellos de oro sobre la cabellera de crines. Sé dónde duerme cada uno, todos los miembros de mi linaje lo han sabido por generaciones. (Los hombres cazadores y las águilas cazadoras se entrenan mutuamente por varios años, mientras cazan juntos, antes de la libertad y el deber de apareamiento y cría.) Me deslizo por las corrientes aéreas, sigo las líneas sutiles que me indican los espíritus hacia la presa que ha aceptado el sacrificio. Soy la saeta en picado, directo hacia la carrera zigzagueante entre las rocas, directo al corazón que palpita y se ofrece. Soy el corazón tierno que palpita, soy la sangre tibia que será derramada. Todo sucede según lo predicho. 
Las montañas son transfiguradas por la luz del ocaso. Son tierras sagradas, buenas para el descanso más largo, la eternidad no es sino un soplo que dispersa las semillas. 


<--para ir HACIA ATRÁS
Esta es la versión de Cris



lunes, 4 de diciembre de 2017

4.Héroe


El viaje empieza al mover el primer pie, al dar el primer paso.
No recuerdo cuando comenzó el viaje, cuando comenzó todo. ¿Sería cuando encontré la carta en el libro? ¿Cuándo fue que empecé a soñar?
Ya no recuerdo cuándo comenzó la búsqueda, cuándo decidí buscar a la bruja que me enseñara a saltar. Camino desde hace mucho tiempo. El camino se ha enmarañado y desanudado de ciento cuatro formas distintas.

Quizás todo empezara cuando me interesé en el tiempo y en la posibilidad del salto, aunque estuviera prohibido, aunque fuera ilegal. Cuando comencé el entrenamiento con el Atlas104 y empecé a contar todo en base 8, 12, 96. Ciento cuatro son ocho series de doce más uno. Trece tiene la pureza del número primo y es el número de lunas llenas en un ciclo solar. Ocho es un ciclo de Venus por la bóveda celeste, al ojo desnudo. Es culpa del Laboratorio si estoy así de trastornada, pero no estoy autorizada a hablar del Laboratorio.
(¿Qué estuve haciendo todos estos días? ¿Cómo pude distraerme tanto? ¿Con qué me entretuve en vez de contactar a la astrofísico que estuvo en el CERN, en vez de averiguar cómo se salta en el tiempo, en vez de seguir con el plan? ¿Hasta cuándo tengo que perderme en el laberinto de las noventa y seis cartas?)
Recién esta noche fue que empecé a caminar, por fin me decidí a caminar en la noche; salí callada entre la gente dormida, las mujeres dormidas al lado del caldero con los restos del sancocho, lo quemadito pegado del fondo; los enamorados dormidos en las hamacas, abrazados; hundido en el sofá quien bebió de más y metido en su saco quien vino de lejos; los gatos dormidos sobre las cobijas, los perros bajo la mesa, los caballos de pie, el fuego dormido entre los carbones, soñando en ascuas. Nadie me vio salir. Deslicé el pasador y el cerrojo, empujé la puerta, salí a la noche fresca. La noche estaba azulada, dormida sobre los matorrales y los arbustos en forma de escarcha. Yo también ardía como las ascuas del fuego dormido y no sentí el frío al principio. Pasé el huerto y el horno solar para secar la fruta, pasé el tendedero de ropa, pasé el vergel de limones, seguí caminando, como si volara, como si bailara. Juro que no sentí el frío, te juro que no sentí el frío.
¿Cuánto puede durar una noche?
Una noche puede alargarse mil días, y por esa regla de tres un día puede durar mil noches. Ya pasé el tronco caído en la rosaleda, el tronco recubierto de musgo fresco y blando, el tronco sobre el cual esperé temblando, después que acabaran todas partidas de póker, cuando el juego derivó silenciosamente, virando submarino por debajo de las exclamaciones de rigor (así como esas enormes burbujas siguen su camino en el agua justo por debajo de la espesa costra de hielo); cuando sin saber cómo terminé siendo la apuesta y me dejé ganar, olvidando contar las semillas. Todo sucedió como si no pasara nada, como si fuera normal, mientras en el agua hervían las verduras y las carnes y las hierbas, y la posta crecía. Nos estábamos jugando ferozmente el futuro de cada uno y el destino del mundo entero como si sólo hubiese sido una partida de cartas. Y al final todos perdimos.
Busco maneras de medir el paso del tiempo. Mi rosa, por ejemplo, la que me regalaron: ¿cuánto tiempo duró intacta?

Había llegado al comienzo de la fiesta con los brazos cargados de rosas recién cortadas: las repartió a todas por igual, una a cada una, y parecía que cada flor y cada mujer eran únicas. El extranjero no tenía nada, pero vivía en medio de un campo de rosas y tenía manos ágiles con la tijera. Sentí anhelo y no supe reconocerlo, porque no lo había sentido antes. Quise la rosa que llegó, de pétalos brillantes como labios entreabiertos, del centro parecía irradiar una luz de intenso rojo oscuro.
La puse en un vaso con algo de agua, la coloqué en el altar presidido por la Señora que sostiene entre sus dedos delicados la perla, a la Señora que escucha bajo la pirámide vitral musité una plegaria: Ten compasión. Esa misma noche empecé a escuchar el viento rascando en los cristales, agitando las melenas de los árboles. La rosa se mantuvo intacta por días y días, parecía eterna. ¿No sucedió todo en una noche sola?
Después de la fiesta vino la fiebre, la peste azul, la enfermedad de la que no se puede hablar, la enfermedad que está prohibido nombrar. Y con la fiebre vinieron los sueños. Un día, no sé cuál día, había dejado de contar los doce días del ciclo, no sabía ni en qué ciclo estábamos y cuando volví a verla se había marchitado de forma instantánea: se hizo polvo y cenizas de la noche a la mañana. La mañana se hizo nocturna y eterna. Una sensación, una emoción, un futuro posible: cenizas. ¿O vinieron las cenizas antes que la fiebre? Será que puede renacerse de las cenizas.
Será que el ave de fuego.
Quizás pueda volver atrás y poner remedio, cambiar las cosas.
A lo mejor es posible remontar los pasos, a lo mejor es posible volver, volver atrás en los días y cambiar los mínimos gestos que pueden cambiarlo todo, alterar los puntos eventos de poco peso para que los puntos evento de más densidad modifiquen su inercia, ¿cómo es que dice la Profesora? Producir un efecto de avalancha lanzando una piedra al estanque, será que pueden mejorarse los eventos, hacerlos más amables, hacerlos más felices, acaso la felicidad es el destino que perseguimos en esta caminata.
Cuánto dura este caminar, qué largo el camino, ¿hasta cuándo?
Hace años que camino, pasado el tronco recuerdo que hay que bordear la vera de un riachuelo y luego atravesar los campos cultivados y los terrones de tierra negra por sembrar; es necesario pasar de lado por el gigantesco eucalipto que se divide en dos, recordando que en la horqueta entre los dos troncos hay un panal de abejas y que hay que pasar con cuidado y en silencio, para que las abejas no se alteren. Atravieso sigilosa ese punto también, la noche sigue brillando suavemente, con fosforescencia de cnidóforo y aguamala.
Puedo ir más lejos, cuando tuve que cambiar de universidad y dejar la biología, cuando tuve que empezar a trabajar en la biblioteca: a lo mejor fue entonces cuando todo empezó. Para terminar aquí, exactamente aquí, en este camino que sube por campos de piedras y frailejones, donde el frío es cada vez más agudo, aunque crea que no lo siento. Ya pasé los matorrales donde se esconde la curuba que puede, con suerte, con pericia, con una pértiga larga alcanzarse el regalo jugoso y ácido, restaurador en el aire seco, cada vez más frío.
Tengo los labios agrietados, la lengua arenosa.
Será que se puede volver atrás en los días, reescribir la historia, cambiar el cuento.
No sé cuanto he andado, no sé cuánto falta por caminar, no estoy segura de hacia dónde estoy yendo. Subo, sigo subiendo, me empeño sin saber por qué. Como si me fuera en ello la poca vida que me queda ardiendo.
A lo mejor estoy soñando, yo también soy un dibujo en azul sobre la piel de una mujer que baila en el sueño de alguien picado de fiebre, ardiendo en peste azul. La veo bailar, veo los dibujos bailar sobre su piel, sé que hace mucho frío.
Siento el frío alojado hace rato en los huesos sin haberme percatado de que debe haber comenzado reptando por mi propia piel, sé que hace frío y por eso subo, subo por la montaña, subo al páramo, donde haga más frio tendré más posibilidades  de encontrarme con ella. Ella debe ser la bruja, ella debe ser la que me enseñe a saltar en el tiempo.
En realidad creo que el viaje propiamente empezó cuando me leyó las cartas el avatar que en los bajos fondos del juego se conocía como LaNoviaManca, porque iba vestida de blanco con los brazos sangrantes (pero qué bien barajaba sus cartas, manca y todo). Allí estaban claritas las primeras indicaciones, y finalmente pude contar con un sentido que empezó a guiarme con vocación infalible. Ella me dio el mapa.
No es suficiente hacer la hazaña, dijo la bruja: hay que volver con un mensaje.
Quizás el viaje comenzó cuando salí de casa hacia las montañas para buscar a la bruja, pero el valle de aguas claras estaba de fiesta y olvidé que venía a saltar en el tiempo, me olvidé de mí en el descubrimiento del misterio, me olvidé en la rosa que dejó de estar intacta, que se convirtió en ceniza y polvo.
Se alargó demasiado y tanto esperé esa boca que no terminaba de llegar milimétricamente a mis labios mientras cada poro de la piel se abría como una flor hambrienta: ¿cuándo fue eso?
¿Cuánto puede durar el olvido? Vine para saltar en el tiempo, para eso fue tanto entrenamiento (¿el beso también? ¿incluso el beso?); quería saltar para volver al fin del mundo, porque creía en la manera de restablecer lo intacto antes del fin. Porque nací en el centro mismo del final, cuando empezó a nevar: por eso mi nombre: Blanca: porque empecé al mismo tiempo que la nieve inexplicable. El mundo terminó y yo nací. Nací cuando el mundo se acababa.
(¿Cuántas Nieves nacieron al mismo tiempo que yo? ¿Cuántas Blancas? Es pecado de orgullo creerse la elegida: todas somos pecadoras.)

Ya pasé la explanada de pinos con la laja inclinada que sirve de resguardo a la noche y la lluvia; pasé la curva después de los campos labrados, el árbol altísimo que mira hacia lo lejos el valle y más allá, al fondo, los picos nevados; superé la casita de piedras abandonada, sin asomarme a sus ventanas ciegas. Es de noche pero el camino fosforece como si estuviese bañado por una luz plateada, aunque no hay luna y Mercurio parece caminar hacia atrás: es una noche como las noches de ensueño, que son oscuras y al mismo tiempo resplandecen, donde todo puede verse, incluso las sombras.
Atravieso los campos de frailejones con sus suaves hojas algodonosas y los minúsculos soles de sus flores. El páramo me llama con su voz suave, gélida, seca, imperiosa.
Hace frio, hace muchísimo frio, descubro el frio anidado en la médula ósea, hace tanto frio como en el sueño donde veo a la mujer bailar y veo los dibujos azules moviéndose sobre su piel. Hace frio y siento mi corazón latir cada vez más lento (¿en qué hemisferio estamos? ¿acaso importa? ¿estamos atravesando la Antártida? ¿hemos matado ya a los perros?): al contrario de lo que palpitaba cuando los labios se acercaban y mi rosa todavía estaba intacta. Cada vez más despacio. También entonces, la bomba se detuvo, saltó un pulso, el tiempo se detiene
me voy hundiendo en la noche me voy hundiendo en el frío me voy hundiendo en el sueño
el viaje podría terminar aquí exactamente aquí en este punto donde sin darme cuenta me detengo inmóvil como una estatua
–de sal o nieve–
donde los líquidos se detienen sin ruido se van convirtiendo en escarcha
donde los cristales de nieve vuelven a florecer en rosas arteriales y en la médula ósea, ¿has visto las células de los huesos al microscopio?
donde estaban los ojos pica y arde el humor ácueo cristaliza en hielo de simetría radial hexagonal, caleidoscopio en noventa y seis tonos de blanco
el agua se dilata al congelarse y traspasa fronteras que no debían ser cruzadas
ciertas cosas necesitan quedar contenidas pero el agua se expande al solidificar
ya no siento mi cuerpo pero imagino que debe estar tumbado
si estuviera soñando podría verlo desde lo alto
saber distinguir si estoy boca arriba o boca abajo
la noche sobre mí como una cobija como una manta como un ala
como la mano de la diosa compasiva
mis ojos abiertos o cerrados sin ver más que oscuridad y en el frío minúsculas estrellas como los gérmenes de luz al comienzo del tiempo
estoy tumbada contra la tierra dura por el agua sólida en sus capilares y apenas noto los brazos fuertes que me levantan y me suben a un caballo.


...CONTINÚA-->
<--para ir HACIA ATRÁS


domingo, 3 de diciembre de 2017

3.Entusiasmo


Así que esto era la vida. Tanto tiempo estuve viviendo la vida subterránea, tantos meses frente al juego de falsas luces en la pantalla, una vida entera respirando el aire artificial.
¿Qué día es hoy? Ya no recuerdo cuándo llegué, apenas cómo, mis pies se acostumbraron a los desniveles del terreno, conocí todos los atajos para llegar a la casa donde nos reunimos, y he cruzado cada uno de los puentes sobre la quebrada. Alguien me dice: Eso fue hace cinco años. No puede ser, no me lo creo. El tiempo no puede dar esos brincos. Pero entonces recuerdo que leí, hace un millón de años, que quienes entran al mundo de los espíritus del bosque arriban a un tiempo nuevo, que se mueve a una velocidad diferente. Que no pueden luego regresar al mundo de los hombres, porque los tiempos se habrán descuadrado, igual que les pasa a quienes suben a una nave espacial.
Apenas ayer subía la cuesta. El morral me pesaba a la espalda, no llevaba mucha cosa pero cada una pesaba. Sólo llevaba un libro, el Atlas104, no puedo moverme sin él. Mis pies dolidos en las botas, sin costumbre, tropezando con cada piedra. La cuesta era empinada, hacía sol, no sabía adonde iba a llegar, no conocía la casa que me había ofrecido plaza para dormir, no conocía la gente. Subía sudando, quería aprender a saltar en el tiempo, eso lo recuerdo bien, estaba empeñada en encontrar una bruja que me ensañara, me dijeron que eran una leyenda urbana, no quise creerlo.

La cuesta bordeaba una quebrada de aguas claras, eso lo recuerdo bien, apenas fue ayer, el camino pasaba elevado sobre el barranco por encima de las aguas, un peligro para quien vuelve en moto por la noche, allá se despeñó uno de los amigos ¿eso fue ayer? Confundo todos los tiempos, no puede haber sido ayer.
Ayer bailaba, al llegar a la casa me encontré con los preparativos de una fiesta, la dueña de la casa cumplía setenta años, todos estaban allí para festejarla. Una gran marmita afuera, en el lavadero, hervía sobre una hoguera. En la cocina todas las luces se encendían en los rostros, había instrumentos, botellas que llenaban vasos, alguien cantaba, había toda suerte de alimentos por toda la mesa: cremas, panes caseros, dulces, galletas de chocolate en una lata. Entre las cenizas de la chimenea quedaban los restos de las memorias compartidas, fumadas en comunión, cenizas entre cenizas. Por el jardín, el prado, el naranjal, florecían las mantas y los sacos de dormir. No hacían falta las tiendas de campaña, se había abolido el pudor. En los establos alguien bebía de una botella de diez y ocho años. Hubo luces encendidas entre los postes del porche y hamacas colgadas que hicieron de cunas, de columpios, de lechos de amor. Había un grupo de gente joven rapeando en una esquina, bajo las luces de colores. En la sala, alguien se había derrumbado en el sofá y dormía plácidamente mientras sonaba salsa brava en una casetera (¡una casetera!) y algunas pocas parejas se enlazaban y deshacían como en una coreografía copiando la vida misma. Alguien tomó mi mano y bailé, bailé sin saber cómo me movía, porque me sostenía un misterio que no podía comprender.

Estoy aquí, detenida en este día. Nada más tiene sentido. Hoy entiendo cosas que hice entonces, sin entender por completo por qué las hacía. Tenía que hacerlas, pero es ahora que entiendo por qué. Ellas eran la consecuencia y ésta es la causa de esos actos que hice sin conocer plenamente lo acertados que eran, lo bien que terminarían por inscribirse en un contexto que entonces me era desconocido (que no recordaba porque pensé que había sucedido después y no tenía acceso entonces a esas memorias): sólo conocemos (reconocemos) fragmentos del futuro. Pero siempre está presente, al acecho, me dicen las brujas mientras remueven el caldero. Hubo sancocho para todos, incluso sobró para quienes llegaron a la mañana siguiente. La fiesta se prolongó otro día. Y otra noche después. Llegó una pareja en moto, estaban iniciando un recorrido por todo el continente. ¿Qué será de ellos? Deben haber llegado ya a la punta, deben haber escuchado a las ballenas cantar, deben haber tenido el hijo que entonces empezaba a brillar en el vientre, invisible. Llegó alguien con los brazos cargados de rosas, regalando una flor a cada mujer. A la mañana siguiente vinieron los que hacen leche y quesos de vaca. También estaban los orfebres, que sabían hacer anillos fundiendo el oro con la llama de una vela. Casi todos sabían utilizar las plantas salvajes, las plantas domesticadas, las plantas mágicas. La fiesta continuaba, sin extinguirse. Mi rosa seguía intacta.

Mis pies entendieron a la larga las desigualdades del camino como parte del camino, podía andar de noche por los caminos oscuros, podía atravesar el puente hecho de un árbol, sabía llegar a cada casa y en todas dormí, mis sueños se colorearon con los sueños de todos los durmientes. No hicieron falta linternas ni el cabo de vela protegido en la lata delicadamente cincelada, con su minúsculo sombrero japonés para burlar la lluvia.





sábado, 2 de diciembre de 2017

2.Pomarola


Ahí voy: poco a poco...
Cocinándome en mi propio jugo, con conciencia y a la vez inconsciente. La fiebre me saca mi mejor sabor. Me cocina bien cocida...
a fuego  lento la mirada
a fuego lento las palabras
a fuego lento...

Las valiosas perlas trabajadas, cultivadas, transmutadas de grano de arena en mensaje cifrado, las lanzamos al caldero y las vamos pochando, cociendo a fuego lento para valorar y saborear todos sus ingredientes. El fin está cerca y las brujas se ponen a cocinar el próximo inicio. Valoran, mesuran, reponen, almacenan en la despensa para los días extremos, cuidando nuestro cocido aromático y único. Las brujas son el caldero, y lo que cuece es Mongolia. La verdad es que las brujas ya no me necesitan. Al encontrarse encontraron su Mongolia colectiva. Se quedaron en la cocina, conversando sus sabidurías transgeneracionales y sus cosas de brujas intuitivas y a la vez instruidas, mientras yo intento dormir en una colchoneta en el suelo y me deshago en el charco de mi propia fiebre. Sueño que una mujer baila delante de mí, baila para mí, toda su piel está cubierta de dibujos azules. Hay un conejo con un reloj. Hay una hoja verde con un gusano. Hay una mariposa que vuela como una doncella desnuda y alada. Los dibujos también parecen bailar. Entre las brujas había una que pintaba con azul de metileno. La tatarabuela de alguien que fui hace mil años, antes del fin del mundo, me pintaba las amígdalas de azul cuando iba a darme gripe, y así me salvaba de la muerte, pues operarse puede ser mortal en hospitales que perdieron la asepsia, las camas, la anestesia y hasta el algodón. Mi camino hacia las estepas, hacia las tundras, vuelve a ser solitario. Así es como debe ser: caminando un paso tras otro. El tiempo se dilata. Me queda un puñado de días, tantos como dedos. Me miro los dedos, imagino que cada uno es un día de caminata solitaria. Respiro profundo. Recuerdo que se trata de calzar zapatos de fierro, que se tienen que gastar caminando. Sé que habrá vientos adversos, y no sé si de camino hallaré esas dulces viejecillas, las madres de los vientos, que me den cobijo cómplice. Si tengo suerte lograré toparme con una chamana siberiana, de esas que saben que es necesario volver al lugar donde el alma perdió un trozo de sí, por un gran susto o un gran dolor. Están comenzando los fríos, debe ser el Viento del Norte. Deliro a ratos, culpa de la peste azul. Mientras nadie mira, mientras los que quedaron rezagados de la fiesta están reunidos alrededor de los rescoldos, mientras nadie me ve, salgo al páramo para llegar a Ukok. Por ahí sé que está la luna, me mira curiosa. Ya Pacheco bajó de la montaña, quizás pueda socorrerme si llego a tambalearme, si llego a caer, si me desmayo, si me da mal de páramo.
Es de noche, está oscuro, pero el camino relumbra.
¿Son piedritas o perlas esas que veo?

<--HACIA ATRÁS

viernes, 1 de diciembre de 2017

1.Ostra


Así comienza este nuevo ciclo, con el que nos deslizamos vertiginosamente hacia el fin del mundo.
Pronto todo habrá acabado.
Tal vez las perlas estén justamente en el fondo del mar que soy.
Si soy el mar profundo. Pero la ostra es de agua somera, recuerdo.
Suave, suave ha de ser la almohada en la que reposa la perla, tan importante como ella, más necesaria incluso.
Pronto todo habrá terminado y habrá alivio de silencio plácido.
La perla es pequeñita, puede ser de aguas poco profundas, pero es necesario haberse hundido mucho, a pulmón, para alcanzarla. Hola, pequeña perla en mi mano. La veo brillar con esa transparencia de luna.
La recuerdo iluminada justo sobre la cabeza de QuanYin mientras sobre la ciudad la noche bajaba suavemente, como un pétalo.
QuanYin sostiene entre sus delicados dedos la perla (¿qué es esa perla, qué representa, cómo se obtiene?).
Pronto todo será nada, pero quedarán los pasos dados, el amor que surgió sin esperar nada, la luz que nos germinó desprevenida entre las manos.
Esto es lo que haré: en los pocos días que quedan, de los tantos que caminé a ciegas, sin saber, creyendo, pondré atención. Miraré en los días pasados, porque (pues todo está pasando ahora, ahora, ahora) todo ya pasó, y pasará, y seguirá pasando. Allí buscaré las claves, que han estado brillando por siempre como perlas, como un rastro de pequeñas luces redondas y suaves iluminando el camino de regreso por el bosque oscuro. Un camino trazado atravesando el tiempo. Un camino que trasciende el tiempo.
Al final, cuando llegue el final, cuando se acabe el tiempo, saltaré hacia el principio, hacia el fin del mundo.
Allí nos encontraremos.
Espérame.

jueves, 30 de noviembre de 2017

PÉTALO QUANYIN



Si hay una luz para dulcificar el día cuando se desliza hacia la noche, es la suya.
Cierra los ojos y respira con ella: escucha con compasión los ruidos del mundo en su respiración.
El día va muriendo. ¿Cuántas almas se despidieron hoy?
Pétalo, ocasos repetidos. Nos desplomamos a velocidad vertiginosa hacia el fin del mundo, bailando sobre la punta de una aguja.
Lo único que importa es bailar con gracia.

Voy a cerrar los ojos para concentrarme, voy a pedir clemencia para recordar, viajaré sobre las alas del tiempo, volveré al final del mundo, retomaré la historia para contarla. Para contártela.


sigue la pista -->    ...CONTINÚA

(Que sea compasiva tu lectura de este folletín en 21 entregas, escribo día por día.
Espero tus comentarios.)


Esta vez QuanYin es Daniela Márquez-Siem
Traje: Elisabetta Balasso
Dirección y montaje: Daniela Márquez-Siem
Producción: Ciudad Petróleo, Eduardo Burger
Foto fija: Elisabetta Balasso


miércoles, 29 de noviembre de 2017

12.Partenogenesis

Ella habrá esperado/Demasiado

Para no reconocerse.
Eugéne Guillevic.


Ella parece estar flotando en el agua, entonces la luna creciente por fin sería por fin, por fin su barca.
Plena... completa... hermosa... Totalidad en una: hija, joven, madre, mujer sabia.
Ella otorga la dulce espera.
Teje sin descanso, sin reparo, a tempo sin tiempo, lazada tras lazada, sin propósito aparente, así nace, crece y se reproduce a sí misma.
Posee y dispensa la magia interna, el poder de la intuición y aquello que es completo en sí mismo.

Ella tendrá un cuerpo/Qué totalizará los cuerpos.

Eugéne Guillevic.

Ella misma es el el 8 infinito, de pie: la sabiduría, el agua, la concepción, la profundidad. Ella es la Promesa. Con esta bondadosa estrella termina el ciclo Agua al Puente y mañana la diosa tendrá vestiduras de flor y loto.
Entonces iré a caminar sobre las ruinas y cumpliré con lo que tenía que hacer.
En este último ciclo haré lo que vine a hacer, en doce días lo haré.