viernes, 8 de diciembre de 2017

8.Enredaderas

Hay momentos en que se ve muy claro que la historia pudiera ir por un camino, o por otro.
Que de los miles de caminos que se abren delante dos son los que se ofrecen, en ambos hay una ruta que sólo empieza a verse y se hunde en la neblina. Habiendo una caminante, hay que escoger una de las sendas, y no pensar demasiado en el camino que no fue tomado.

Si cuando se incendió el motor del autobús me hubiese quedado esperando que llegara el auxilio previsto, hubiera pasado otra cosa; pero decidí pararme a la vera del camino, al acecho de cualquier par de fanales, y cuando vi que se acercaba otra nave me erguí, agitando mucho los brazos, y el autobús se detuvo, como una gran bestia marina resoplando. Pedí que me brindaran un pasaje; el chofer se apiadó y me lo concedieron.
Sólo había un puesto libre: me senté al lado de una mujer todavía joven, que parecía haber apenas despertado con el frenazo. En la penumbra del bus me pareció que tenía el cabello claro y un rostro franco. Iba tapada con un grueso suéter de lana merideño. Como le costaba volver a dormirse entablamos conversación. Quedaban unas siete horas de viaje, las mismas para que amaneciera. Espiando a través de una rendija comprobamos que todavía no había nevado. Nos desplazábamos a toda velocidad en el corazón de la noche, el paisaje cegado por las cortinillas que habían sido fijadas por motivos de seguridad. Nos presentamos; su nombre era Antonia. Por esa curiosa afinidad que se siente a veces por vecinos de viaje, pronto nos hallamos conversando con gran confianza. Le conté cómo me había contagiado de peste azul, cómo había sido salvada por una desconocida a punta de brebajes de hierbas; le mostré el sobre de manila. Ella lo tomó, calibrando su peso con la mano, y leyó el nombre escrito en él.
--Me suena, estoy casi segura de haber leído ese nombre antes; pero no logro ubicar dónde.
Le dio vueltas por todos lados, mirando con una atención intensificada y palpando las esquinas. Al momento no le puse atención, pero luego, rememorando ese momento, me di cuenta de que alguna cosa había encontrado en su examen: algo que explicaría por qué fue tan abierta, tan explícita con una desconocida. Pero eso sólo pude notarlo más tarde: en el momento estaba exhausta y el cansancio junto a la tensión por el incidente con el autobús había bajado mis defensas. No estaba alerta, sino agradecida de poder sentarme en una butaca, y de tener la opción de proseguir el viaje. También estaba agradecida de que el azar me hubiese colocado al lado de una mujer que parecía agradable.
Era científica, me contó que daba clases en la Universidad de Los Andes, aunque también hacía investigación. Cuando mencionó algo sobre el CERN me despabilé por completo.
--¿Eres físico?
--Astrofísico, más bien. Si nos vamos a poner formales, las líneas de investigación que aparecen en mi currículo son física de altas energías, astrofísica de partículas, cosmología y Defectos Topológicos.
No me podía creer tanta casualidad. Me dio vértigo, varias piezas giraron en el aire y se asentaron en su lugar en el rompecabezas general.
--Eres Antonia Belfo. La doctora Antonia Belfo, corrijo sintiéndome el rostro encendido de vergüenza.
No era una pregunta, sino una afirmación, se me salió sin pensarlo, de lo puro asombrada que estaba. Ella era la razón por la cual había iniciado el viaje, tantos días atrás, antes de la fiesta de los comedores de loto, antes de la peste azul, antes de la perdida y recuperación de sentido en el páramo. No me lo podía creer. Ella se rió con toda naturalidad. La verdad es que se veía como una estudiante, informal, muy joven.

--Antonia está bien, por favor. Vamos a pasar horas encerradas en esta nevera con ruedas como compañeras de viaje, lo de la formalidad era broma.
Estaba tan eufórica que perdí toda prudencia en abordar el asunto de los viajes en el tiempo, convencida de que a ella también le apasionaría hablar del tema, a pesar de su ilegalidad (estábamos tan enfrascadas en hablar de ondas gravitacionales y tiempo tS3 que no se nos ocurrió plantearnos que alguien más pudiese estar escuchando, no de los peligros potenciales que esto comportaría). Total, que estuvimos todo el resto del viaje compartiendo ideas, hipótesis y suposiciones sobre el Laboratorio Central de Altos Estudios Sincrónicos, que operaba en la clandestinidad más absoluta, y sobre la posibilidad de que las Brujas Saltadoras fueran algo más que una leyenda urbana. Hablamos de los arcos armónicos entre los puntos extremos y de la necesidad de ajustar estos puntos con gran cuidado; y de la energía necesaria para cumplir el salto y del entrenamiento para que el vehículo pudiera adaptarse al viaje. Ella me contó su experiencia con el Gran Acelerador de Hadrones y mencionó unas investigaciones que estaban desarrollándose entre el Centro de Física Fundamental y el Laboratorio de Bioquímica, relacionados con las glándulas endocrinas y con la acción de nanorobots que funcionaban como neurotransmisores forzados de cronoperceptores. Volvimos sobre el tema de las brujas, examinamos los fragmentos que conocíamos sobre ellas (casi todos chismes recogidos en obritas de ficción), y aventuramos explicaciones y especulaciones sobre quiénes podían ser y qué relación podían tener con el LCAES, con el fin del mundo, o con la aparición de la nieve.
El caso es que en determinado momento tuve la visión clarísima de que el conocimiento, como tantas otras cosas, puede encontrarse concentrado en un espacio contenido, como una unidad completa que al caer en el sustrato adecuado se despliega exponencialmente, germinando en todas direcciones; o bien puede expandirse siguiendo otro modelo, en el cual parece continuarse de un receptor a otro como si se tratara de un continuo que se desarrolla atravesando cualquier membrana con la que se encuentra, es decir sin límites, como si al juntarse las personas adecuadas, simplemente al estar próximas, las ideas establecieran sus propias sinapsis restableciendo una gran red que atraviesa las individualidades.

En este momento no puedo dar detalles más precisos porque el día se acaba y así mi tiempo por hoy, pero puedo asegurarte que adelantamos mucho. Tal vez consiga, después de todo (y contra los mejores pronósticos) terminar para el solsticio. Cruza los dedos.


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...CONTINÚA-->




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