miércoles, 6 de diciembre de 2017

6.Hornear


Antes de abrir los ojos intento reconocer esta masa en la cual habita la conciencia que recién empieza a desperezarse, somnolienta. No tengo poderosas alas de águila, no hay vuelo alguno en este cuerpo, no siento el cosquilleo de plumas, la gravedad me reclama implacable, dolorosamente. Tampoco soy árbol: no siento las ramas arañando el cielo, no siento las raíces hundiéndose en busca de los capilares de agua con sus preciosos nutrientes disueltos, no siento el fluir pausado de la savia dorada. Si acaso fui árbol debo haber perdido la majestuosidad que se yergue uniendo los opuestos, quizás sea un tronco caído. La gravedad no termina de satisfacerse nunca. Este cuerpo parece ser una roca con peso inexorable. Si fuera una roca tendría el beneficio del líquen, podría reconocer las naturalezas entretejidas del hongo y el alga, poseería al menos una sabiduría antigua depositada en los enlaces minerales. Pero no reconozco sabiduría alguna en este peso, esta densidad tumbada, vencida, inmóvil. A medida que despierto, algo va doliendo, una red de pinchazos instalada sobre las superficies, pujando desde el interior que todavía no acierto a descifrar.

Antes de abrir los ojos escucho movimientos. Primero son solamente sonidos en un horizonte lejano, un horizonte sobre el cual flotan espejismos. En el paisaje inestable sólo los ruidos tienen consistencia. Dentro de mí empieza a rodar lenta, con cautela, la maquinaria del entendimiento. Por lo doble intuyo que son pasos; por el ritmo pausado y dispar entiendo que no es una caminata, no es una marcha: alguien deambula. Otros rumores difusos me hablan de una cocina. Los parpados me pesan infinitamente al ir cobrando cierta conciencia de un yo elusivo que huye y salta a campo traviesa como una liebre bajo la mirada del águila cazadora, sabiendo que su destino está sellado, que el dolor que se extiende hacia cada rincón no podrá ser esquivado.
Todo vuelve a ser noche, y en la noche, pocas estrellas que titilan, pequeños botones de luz que van multiplicándose hasta que la blancura es insoportable.
La voz, sin embargo, es suave, lisa y suave como las manos de las ancianas que han acariciado durante una vida larga, que saben amasar el pan y blanquear las sábanas y escoger las hierbas que sanan:
--Abra, mi niña, abra un poquito.
Solícita, pero también firme.
No puedo, no puedo abrir los ojos. ¿Qué es lo que me pide?
--No hace falta abrir mucho, sólo un poquito. Guarde su jardín intacto, que no entren las alimañas.
¿Qué quiere de mí, qué pide? Algo se acerca a alguna parte de mí, topa con suavidad. Algo reclama un gesto, un reconocimiento. Algo que es sólido y tibio toca a mi puerta por los lados del sitio donde debería estar algo que una vez conocí por boca, labios, dientes. Ah, debo abrir. Pero abrir requiere un esfuerzo inaudito. Dejo de cerrar, más bien. Dejo que pase solo. Algo se entreabre, se separa. No participo en la acción, estoy muy lejos, corriendo sobre la superficie helada de las estepas, sorteando matojos de frailejones, huyendo de la sombra del águila. Huyendo del pico presentido. Corriendo a ciegas, puro terror de víctima señalada.
Algo entra en el territorio indefinido que soy. Algo tibio, cálido, luminoso, como una sopa de miel. Oh, recuerdo el oro de la miel. Esto tiene aromas de campo, de flores, de hojas de olor. Sabe a una tarde luminosa de tardo verano, suena a abejorros y aves pequeñas, suena a libélulas azules. El sabor me llama a lo lejos, me trae como un papagayo que se trae de vuelta enrollando la cabuya sobre el palito, vuelta a vuelta.
Quiero confiar, dejarme alimentar a cucharadas, dejarme ir con un suspiro tras cada cucharada, exhausta por el trabajo de tragar.
La noche vuelve a engullirlo todo, y después de acabarse el tiempo vuelven el dolor, la voz, la blancura insoportable, la miel líquida y aromática, la tibieza y de nuevo la noche y la aniquilación del tiempo, cada vez más corta ésta, cada vez menos profunda. No estoy lista todavía, eso está claro. Pero algo está haciendo dentro de mí el jarabe administrado en cucharadas, que tomo a sorbos cortos. Pareciera estar restaurándome, reuniendo los cabos desamarrados, soltando los nudos, alisando los ángulos agudos.
La voz es la que me despierta cada vez:
--Abra un poco, mi niña, tantito apenas. Déjese sanar. No se deje atrapar por la nada ni por el miedo. Tómese este poquito de jarabe.
La voz es la cabuya que trae de vuelta este papagayo que soy. No sé cuánto tiempo ha pasado (días, semanas, horas) cuando abro los ojos por primera vez. Techo de caña y palmas. Paredes de bahareque, bajo el revoque de cal viva aparece el barro endurecido. La luz es tenue, grisácea, como de neblina tupida. Estoy tumbada en un catre de madera rústica, con una espesa cobija sobre mí. No tengo fuerzas para moverme, pero puedo mirar a mi alrededor. Noto cierta curiosidad: buen síntoma. La anciana está de espaldas, reconozco en sus movimientos los sonidos que me han acompañado en la duermevela, en su cabello suelto en ondas creo ver corrientes marinas, aguas freáticas, cascadas de sierpecillas. Vuelvo a sumirme en el sueño.
--Otro poquito, niña sirena, sienta como los espíritus de las plantas le alimentan célula por célula, bellas durmientes, déjese cuidar.
Abro la boca sin pensar, es un gesto natural, entrenado por muchas repeticiones. Recibo la cucharada, agradecida. El líquido es espeso, tibio, parece sol condensado. No es dulce, tampoco salado. Corren sabores en la marea que me inunda el cuerpo por dentro, llegando a cada recóndito lugar. Siento la presencia de la anciana, sentada en el borde del catre, siento la dureza de la cuchara de palo sobre mi lengua, la suavidad del jarabe que reconforta. Abro los ojos. No es una anciana. Es una mujer hermosa, con pequeñas arrugas sobre el rostro y una inusitada juventud en la sonrisa. No entiendo qué edad puede tener.

--Buenas tardes, me saluda. Por fin llegas, bienvenida. 


...CONTINÚA-->

<--para ir HACIA ATRÁS

No hay comentarios:

Publicar un comentario